REFLEXIONES SOBRE LA FICCIÓN HISTÓRICA (I)


Desde mi lectura de Hadjí Murat, no dejo de darle vueltas al tema de la ficción histórica. No es cosa sólo del cine o las series, como hemos hablado otras veces: también tiene un espacio privilegiado en las estanterías (y en los lectores de e-books). Según lo veo, la mayor parte de estas novelas son oportunistas. El autor sabe que ciertas épocas tienen su “tirón comercial”, y en ellas ambienta historias que en verdad apenas se sostienen, si se respetara de veras el contexto. Hace tiempo, Espido Freire nos comentaba en un taller de relato cómo resultaba excesivo tantas mujeres valientes, independientes, luchadoras, en tiempos históricos donde la educación y las circunstancias culturales dificultaban esto muy mucho. Más adelante, volveremos sobre esto.
En el mejor de los casos, acercarse a la ficción histórica procede de un interés personal verdadero. El autor aborda una etapa o un personaje histórico por una curiosidad cierta, e intenciones de narrador. Una ficción a veces sirve para que uno comprenda (y, si se hace bien, haga comprender) los matices, las contradicciones, y los detalles de un momento histórico. De modo comprensible, la primera opción suele orientarse a la búsqueda de un momento de conflicto: facilita la narración y el elemento dramático.
Sin embargo, que sean opciones validas no las hacen únicas. La vida de un personaje histórico es tan larga (aun cuando sea corta) y compleja como la de cualquiera de nosotros, y los conflictos obvios no deberían expulsar otras ocasiones. Por ejemplo: es claro que todos conocemos a Hernán Cortés por su enfrentamiento contra los mayas o a Cristóbal Colón por su descubrimiento de las Américas. Esto nos ahorra muchísima labor de explicación de cara al espectador, si centráramos nuestro guión ahí. Conflicto, drama, acción. Sobre todo si hablamos de cine, es el camino lógico.
Pero démosle la vuelta a ese mismo conocimiento que posee el espectador. ¿Y si hiciéramos un guión con la infancia y la juventud de Hernán Cortés? ¿Y qué tal los días últimos de Colón, olvidado, renegado por la corona, acusado de mal gobierno de los territorios a su cargo? En el primer caso, el espectador (el que conozca medianamente la peripecia) observará cada suceso y acontecimiento vivido del pequeño Cortés como un posible antecedente del conquistador que será. En el segundo caso, la curiosidad del espectador se acrecentará hacia qué demonios ha podido pasar para que el gran descubridor, apoyado por los Reyes Católicos nada menos, haya acabado así.
Como veíamos en Hadjí Murat, no hemos de dejarnos llevar por el automatismo de situar la ficción en “momentos críticos”, bien sea de la vida del personaje, bien de la época. En primer lugar, porque parece un poco vacuo volver a contar la misma historia que ya se conoce, sea en novelas o en películas. Si nuestro guión lo que pretende es tan sólo darle más acción y espectacularidad a una serie de hechos bien conocidos, esto se antoja bastante poco. Y no demasiado original.
En segundo, porque la propia novela de Tolstoi apunta a que sería bueno un tanto de reflexión antes de la escritura en sí. ¿Nuestro guión, más allá de respetar la Historia, refrenda mitos y falsedades o las cuestiona? ¿Expone situaciones poco conocidas, que precisamente van en contra del mito que cualquier tenemos sobre un acontecimiento histórico o sobre una época? 
Hay que tener en cuenta si nos acercamos con demasiada fascinación; perdemos la perspectiva. O si lo hacemos con pasión pero, además, con el otro elemento imprescindible: el análisis racional.
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INSIDIOUS (JAMES WAN, 2011). ANÁLISIS


Aunque a uno le tiente, la queja constante sobre la posible degeneración de un género (aquí, el cine de terror) a ratos no es muy útil, y más lo es seguir buscando films. Con suerte, podemos encontrarnos historias que, si bien no son obras maestras, te hacen recuperar la confianza.
Insidious es un ejemplo. Cuenta con dos problemas principales, pero, si conseguimos superarlos, puede disfrutarse sin complejos.
El primer problema es el subgénero. Como American Horror Story, la serie, prueba (y así lo comenta Ángela Armero aquí), las casas encantadas han tenido suficientes expresiones en cine como para que cualquier posible originalidad sea casi un proyecto imposible.
Pero si Ryan Murphy aprovecha esto para que American Horror Story sea un pastiche que (por el momento) no sabemos si él mismo se toma en serio (ni pretende que lo tome el espectador), James Wan ha buscado darle originalidad. Lo que causa el segundo problema: lo hace de una manera errónea, dándole una leve vuelta que no oculta de dónde procede: (aquí, spoilers) de aquel (ya mítico; ha pasado suficiente tiempo) conflicto entre dos mundos de Poltergeist (1982), donde un niño podía quedar atrapado, con señora mayor como “experta” y con cazafantasmas de por medio. Esta vez a donde viaja el infante es a un mundo accesible mediante la proyección astral. Nada menos.
Sembrado más o menos con sutileza (aunque al espectador acostumbrado es improbable que se le escape), el Backstory donde todo adquiere sentido (spoiler; el padre tiene el mismo poder y sufrió el mismo tipo de “abducción”) se expresa en lo que sería el Punto Medio del Segundo Acto. Es aquí donde algunos espectadores puede que abandonen la película. Como pudiera suceder en El Protegido (Unbreakable) cuando Samuel L. Jackson explicaba la clave de la Trama, aquí se pone a prueba nuestro límite para la verosimilitud.
Para muchos críticos, es ahí donde Insidious se “desboca” y pierde, como se lee, por ejemplo, aquí.
Tal vez el potencial ridículo se hubiera ahorrado si la Trama no requiriera toda una mitología que se expresa en apenas tres minutos; una que, sin posibles matices (se suelta y ya está), no tiene lo suficiente para atraernos y sí para chocarnos. Al fin y al cabo, en Poltergeist teníamos más momentos explicativos, donde ese funcionamiento de lo fantástico se expresaba; había, en verdad, dos “expertas”, y dos momentos, al menos, y separados en el tiempo. Habría que revisar esta película, y ver si es que su ventaja es que la exposición de esa mitología ocurría también en el Punto Medio del Segundo Acto; y, de ser así, si es que había más metraje, y, por tanto, más ocasión para ahondar en ella.

Una mitología en el pasado implica que se nos va a “contar” y muy poco probablemente a “mostrar”. Como sucedía con Tron: Legacy (2010), si todo ese Backstory se cuenta (no importa si se insertan flash-backs), y todo queda ahí, en el pasado, o bien nos quedamos con ganas de más, o bien nunca llega a interesarnos. Cuánto más hubiera servido para que lo que aquí son sólo detalles sobre el protagonista (algunos planos, intensos, además, sobre su rostro; los mejores, justo antes de la explicación, cuando la “experta” acude la primera vez) se hubieran podido amplificar un tanto más.

Puede que aquí hubiera funcionado eso que tanto se recomienda a los guionistas. Menos es más, a veces, y en especial cuando se bordean los clichés o elementos por los que han pasado ya otros autores. Si basta con que sepamos que el niño está en un “más allá”, sobraría lo demás. O tal vez les pierde lo mismo que al autor de Inception: creer que hay que preparar al espectador con mucho dato sobre lo que verá a continuación.

Sin embargo, a Insidious le beneficia que hasta entonces no ha hecho trampas. No ha sido original (tal vez porque, como decíamos, es casi imposible), aunque tampoco cae en el drama fácil (y lo que le sucede al niño lo facilitaría), ni transita ese camino tan trillado de “familia en creciente descomposición”. De hecho, la Trama más bien se conduce a lo contrario, puesto que vuelven a la casa materna del protagonista (Patrick Wilson) y dicha fortaleza familiar es la que ayuda a confrontar el problema. El enemigo, pues, sigue siendo ese “otro”, algo externo.
Además, hasta dicho Punto Medio del Segundo Acto, tenemos dos decisiones bastante agradecidas, y que, al parecer, director y guionista acordaron de forma previa, como cuenta Michael Sullivan en la crítica del Washington Post:
that there be no fake scares and that if characters in the movie think their house is haunted, they move. To their credit, the filmmakers scrupulously observe both rules. When you jump — and you will — it’s because there really is something to jump about.
Es decir, dos reglas que respetan: que los “sustos” no serían falsos o tramposos, y que, al contrario que tantos habitantes de casas encantadas, en cuanto notaran algo extraño, se mudarían. Lo último ayuda a la verosimilitud; lo primero, a la atmósfera.
Porque Insidious posee una atmósfera muy efectiva y sugerente. Por su producción de sonido, y por su labor de fotografía. En este sentido, estoy en parte de acuerdo con la crítica de La Butaca:
Técnicamente, más allá de la limpieza general de la producción, destacar la esforzada labor de John R. Leonetti, director de fotografía que debuta aquí en labores de producción y que pugna constantemente con un entorno obligadamente penumbroso que pretende personalizar con éxito variable.
En esto último donde disiento: mi impresión es que es en el imaginario de la película donde las limitaciones del guión (y el subgénero) se superan, y con creces. Insidious muestra algunas de las imágenes más inquietantes que he visto en el cine de terror reciente: la garra del ser al lado de la cama; (spoiler) las fotografías donde cierto ente acecha al protagonista de pequeño…

Y lo más interesante y contradictorio es que este imaginario crece y alcanza sus mejores momentos en aquello que tanto ha molestado a tantos críticos: el Tercer Acto.

El género fantástico (y el terror pertenece al mismo) enfrenta siempre un problema cuando lleva a un protagonista a ciertos mundos. Por ejemplo, sucedía con “el cielo”, bien en Lovely Bones, bien en What Dreams May Come (Más Allá de los Sueños), la cual también se atrevía con el “Infierno”. No por casualidad es un espacio al que la serie Supernatural ya renunció a retratar. En verdad, no es tanto una cuestión de verosimilitud como de expectativas: la mayoría de nosotros hay lugares que ni somos capaces de imaginar, o bien nos parecen mucho más complejos que lo que un autor decida para representarlo.
De hecho, James Wan viene aquí a “llenar” aquella elipsis (que, por su parte, funcionaba muy bien) de Poltergeist: como si hubiera querido imaginar cómo sería ese “no lugar” donde retenían a Carol Anne. Y siempre es complicado recomponer un “no lugar”. Ya se veía (pero también allí era de lo atractivo) en The Dark, justo con un progenitor también al rescate penetrando en un espacio de difícil clasificación.
Al principio de este viaje de rescate del protagonista (Patrick Wilson), la fotografía se arriesga al límite. Es la pura oscuridad. Ésa que tanto miedo nos da, y que es tan básica. Ésa que funciona.
Cierto, si el espectador prefiere el terror psicológico habrá preferido esa primera parte donde todo ha ido más poco a poco. Aunque lo cierto es que la progresión es una opción aceptable en el género de terror, y, en cierto modo, en un guión. A no ser que se prefieran los Anticlímax, claro.
Es posible que a James Wan le pierdan sus referencias y gustos cuando, después de que el protagonista penetre en ese más allá peculiar, entra a la habitación tras la puerta roja.

La parte más “alocada” del viaje al otro mundo.

Aquí (como con los absurdos humorísticos de los cazafantasmas), es posible que se rompa el tono. Es complicado darle entidad a un demonio, y puede que hubiera sido mejor dejarlo en la oscuridad. Pero no dura tanto. Y lo que va sucediendo en “el otro lado”, es una apuesta de in crescendo que yo creo funcional y, por momentos, muy conseguida. Esas linternas que se enciende, se mueven, se apagan, dejan ver, impiden ver… Apresura el ritmo, pero no creo que llegue a destruir ese tono comedido en sus primeros 60 minutos.

De hecho, es en estos últimos momentos (antes del Giro Final, ése tan común al cine de terror, y a los relatos cortos) Insidious demuestra esa tensión que complica el género entre enseñar (y cuánto) y no enseñar. Puede que, en esos primeros 60 minutos, tengamos el intento de rectificación del camino que el propio James Wan inauguró con Saw (2004), cuyas secuelas han evolucionado hacia lo que se denomina “torture-porn”, con Hostel (2005), como otra representante clara. Algo de ello se intuye en la reflexión final que hace Jordi Costa, en su crítica de El País. Pero de todos modos, al director le gusta lo que le gusta y no se evita un final un poco más de traca, donde hay, como decía, imágenes y planos geniales, junto a otros que no tanto.

Otra posible reflexión sería si cierto cine de terror persiste en esa especie de Tema, donde el miedo procede de padres que pierden a sus hijos en universos inimaginables. Y cuyo precio es siempre alto en dicho viaje. En esto, el final de Insidious es similar al de The Dark o Silent Hill.
Por cierto, que he visto Insidious en Filmin. Por 2,95. Y no crean; verlo en tu ordenador, a solas, da más miedo que verlo en el cine.

GUIONECES: PROFESIONALIDAD NO ES LO MISMO QUE TALENTO


¿Ideas, originalidad? ¿O trabajo, sudor (y en ocasiones, lágrimas)? Es una pregunta común en los talleres; más en la cafetería donde se dan los descansos (en clase, queremos mostrarnos menos ingenuos, preguntando aspectos más técnicos). Sabemos que la narración, nuestro campo de batalla, es, sobre todo, conflicto. ¿Pero y si no hubiera verdadero conflicto entre profesionalidad y talento?
Leyendo este post de Bloguionistas, me cuestiono el límite de la (acertada, por otro lado) reflexión de su autor. A ratos, creo que han hecho algún daño todos esos estudiosos y académicos que han analizado y defendido el peso y la importancia de la narratividad hasta en la vida cotidiana. Recuerdo las clases en la universidad, a Vládimir Propp  y su autopsia de los cuentos tradicionales.
Es un debate que prefiero abierto, aunque, de darse, yo estoy dispuesto a situarme en un lado opuesto. No, no todo se ha contado. No, no es imposible la originalidad. Que la posmodernidad nos haya enseñado que las estructuras y los esquemas tienen una variabilidad limitada, no significa olvidar que en esos “cajones” siguen cabiendo muchas más cosas.
De hecho, “la originalidad es imposible” es una idea negativa a transmitirse a los aspirantes a guionistas.
Comprendo que, desde la profesión, resulta una tentación la bofetada de realidad ante las caras (ilusionadas, jóvenes) de los que acuden a talleres, cursos o a la propia Universidad. También es justo, honesto incluso, que un profesional advierta a sus alumnos que su futuro laboral incluirá mucho trabajo basura, y más “músculo” que “cerebro”. Aunque sería conveniente un equilibrio. Además de ahogar la ilusión (la cual, será, de hecho, más que necesaria para la supervivencia y la continuidad), fomentamos esa lacra tan española: el mal del funcionario.
Yo lo viví y lo comprobé en la Universidad. Allí era aún más peculiar y sospechoso que personas que nunca habían trabajado en el ámbito profesional nos sermonearan para que ya (con 18 años) someteríamos nuestra imaginación. Y el mensaje cala. Para cuando llegábamos a los últimos cursos, los trabajos en grupo ya incluía a más de uno, de dos o de tres diletantes. Que ni se esforzaban, ni pulían ninguno de los apartados del audiovisual de los que eran responsables. Algo así como cínicos prematuros.
¿Para qué esforzarse?
Es decir, del “no te preocupes por ser original”, no hay tantos pasos hacia “no te preocupes”. Y punto.
Para los que superen este peligroso paso, lo cierto es que la propia profesión ya se encargará de formarles en la rutina. Pizarras, reuniones, escaletas. Plazos de entrega. ¿Por qué, pues, convertir a los futuros guionistas, con tanta antelación, en funcionarios de los puntos de giro?
Otra posibilidad es que los guionistas que dan cursos y talleres luchen, también sus aulas, en defensa de la profesionalidad. Fuera de la industria, está extendido ese tópico que dice que escribir puede hacerlo todo el mundo. Sorpréndanse. Dentro de la industria, también.
No es probable que un productor se siente al lado del montador a tocar botones, o que un actor se coloque junto al director de fotografía a sugerirle objetivos o filtros para la cámara. Pero el guión… Escribir es un acto que está al alcance de todos. Narrar, no. Narra bien, aún menos. aunque nadie parece recordarlo.
Sin embargo, para la defensa del guionista, ese énfasis en los aspectos técnicos parece una argumentación que utiliza la misma lógica que la de las profesiones relacionadas con algún tipo de tecnología. Con ello, probamos, de acuerdo, los aspectos profesionales; lo que nosotros sabemos y no sabe el que edita las imágenes, el que monta el sonido o el que organiza el rodaje.
Pero nos olvidamos de lo más importante. Tenemos que fomentar la creatividad. El talento. Además, quizá no necesitemos que se coloque en dos extremos opuestos la originalidad y la profesionalidad.
Matizando lo que afirma el autor del post, digamos que una idea original es tan insuficiente si está mal desarrollada, como lo es una idea trillada que se trabaje mucho.
¿Es comprobable? Es una dirección peliaguda, ya sea “la prueba” a la que acudamos series o películas de éxito, o bien la calidad más o menos consensuada de la crítica y “la Historia”. Hay películas que prueban lo de los Tres Actos y películas que no; series que no se preocupan de los giros; obras maestras que no respetan el arco del personaje.
Luego, cierto, la originalidad es un tema tan vaporoso como la misma calidad. Hay grados. Por si acaso, retiremos la palabra “original”, y usemos la otra que usa Guionista Hastiado: “distinto”.
¿Es Memento una historia “distinta”? Sí. ¿Se ha contado una historia hacia atrás anteriormente? Seguro. Ahí tenemos la novela de Martin Amis, Time´s Arrow. Pero, cuando la mayoría de las narraciones son de A a B, parece lógico concluir que una que no lo haga ya es “distinta”. Sobre todo, porque, (y en esto coincide con la novela de Amis) esta técnica apoya y sustenta mejor lo que se cuenta.
¿Es Lost una serie distinta? Sí. Si la mayoría de las que se emiten son realistas, con pocos protagonistas, con un género definido y con respuestas “racionales”, resulta más obvio.
¿Es Donnie Darko una historia distinta? Sí. Es improbable que encontremos (al menos en cine) una mezcla de retrato juvenil, preocupaciones de autor (biográficas), y ciencia ficción.
¿Son los films (la mayoría) de David Lynch “distintos”?
De acuerdo. La originalidad, la relativa novedad, es tan sólo un valor. Uno más. Sólo por él, no se llega, de modo automático, a la calidad. Llevado al absurdo, entraríamos en la extravagancia absoluta, y el único modelo sería el surrealismo de ciertos (muy recomendables, por otra parte) films de Buñuel. O el experimentalismo puro y duro.
El Ángel Exterminador (1962). Luís Buñuel. Un absurdo más contenido, pero muy, muy jugoso.
De todos modos, no es inhabitual que se defiendan (porque se aman) películas concretas por valores distintos, pero que, de igual modo, se superponen a sus posibles fallas.
Uno es la tan valorada “sequedad” o contención narrativa e interpretativa. En especial, si esto deriva en una visión del mundo con pátina existencialista, entonces ya tenemos asegurada una caterva de críticos y especialistas entusiasmados. Es lo que sospecho que sucede en muchos casos con Raymond Carver. Es lo que creo que sucede con varias novelas −y las películas basadas en ellas− de Cormac McCarthy. Otro, es el género en sí; es comprobable que los críticos más sesudos admiten mejor la comedia, en función de su valor “rompedor”.
Es decir, recuperando el título del post de Bloguionistas al que me refiero, ya hay una amplia lista de analistas dispuestos a valorar y (sobre) valorar el “cómo”.  Mi opinión es que una valoración justa, una razonada (en la barra del bar, en lo privado, todos nos merecemos el radicalismo del odio a muerte para con películas basándonos en pasiones subjetivas), debería considerar todos los valores en conjunto.
Al menos, si luego nos quejamos de lo poco originales que son las series españolas. Luego, todo importa. Importa el “qué” e importa el “cómo”. Y si ambos elementos están bien, tal vez estemos ante una muestra de talento, y no ante la obra de un artesano que maneje mejor o peor los conceptos técnicos del guión.
Así, disfrutemos de una novela “experimento” como Time´s Arrow o de una novela “contenida”, “seca” y minimalista (hasta cierto grado) como Night Train.

A lo mejor, todo esto procede porque nuestros mayores (nuestros “padres” como generación “artística”) han logrado convencernos de que el género fantástico o de ciencia ficción (en cine, aunque, más importante aún, en literatura) es, bien infantil, bien “poco serio”, bien “escapista”. En el mundo anglosajón, hay tal variedad de posibles “padres” literarios o cinematográficos, que, el que quiera, no tiene por qué someter su imaginación.

Y ahora, un ejercicio. Ojo, no pretendo que pruebe nada. Sólo que mueva a la reflexión. Imaginemos que tenemos sucesivos encuentros con varios amigos guionistas.
El guionista 1 nos anticipa que su historia (para un corto) va sobre un chico que tiene una relación con una chica, pero que es inseguro, que ella también tiene sus contradicciones, y que sufren y luchan porque su historia salga adelante.
El guionista 2 nos cuenta su idea (también para un corto): un personaje de la mitología griega continúa en sus labores hoy en día, aunque con los problemas de los cambios en los tiempos.
El guionista 3 nos pide nuestra opinión sobre su concepto para una serie: partiendo de un “what if”, la serie narra qué hubiera sucedido en España si la II República hubiera ganado la Guerra Civil. O si hubiera triunfado el golpe de Estado de Tejero; nuestro amigo guionista aún está indeciso.
El guionista 4 nos adelanta que su guión (para una serie) va sobre el día a día en una comisaría. Las corruptelas, la burocracia, la impotencia de un sistema deficiente, la relación entre criminales y policías.
El guionista 5 nos habla de una idea para un guión (para una película) donde varios personajes tienen encuentros y desencuentros, influidos por los problemas sociales y económicos del mundo actual.
El guionista 6 nos narra los antecedentes de su proyecto de película: un productor sinvergüenza atisba la solución a sus problemas financieros cuando halla al poseedor de una antigua película republicana, que puede conseguirle subvenciones y apoyos, relacionados con la memoria histórica. Y todo, en tono de comedia.
No, tranquilos. Ya me adelanto yo a admitirlo. Son sólo ejemplos (inventados, unos; reales, otros). Y sí. Efectivamente, cada uno puede desembocar en obras maestras, revulsivos para sus respectivos formatos o auténticos despropósitos.
Sin duda.
Aún así, ¿ustedes en qué proyecto estarían deseando colaborar como guionistas?

INFECTADOS (CARRIERS, 2009) ¿A dónde nos lleva no tener pretensiones?


Anoche, decidimos ver una película que tenía un cierto interés: Infectados, o Carriers (más interesante el título original: “portadores”), de los hermanos Pastor. ¿Unos chavales que desde el mundo del corto pasan a dirigir su propia historia (su propio guión) en Estados Unidos? Había que verlo. No es que haya ido muy bien en taquilla, pero…
Lo cierto es que me decepcioné aún más de lo esperado. Cierto es que es un film por encima de la media del género de terror (si es que se le puede adjudicar esto). Los protagonistas son chavales pero no son unos descerebrados con los que es imposible empatizar.
Y lo que cuenta, lo cuenta bien. El problema es ése: ¿qué cuenta? Nada original. Los apocalipsis con virus de por medio no son nuevos: la suma de caos, falta de ley, egoismo, etc me imagino (no la he visto, pero si hojeé el trailer) que se repiten en The Road. Y están en muchas otras historias de este corte: se me viene a la cabeza Mad Max, y es se hizo nada menos que en los 70.
Entonces, he aquí que me encuentro con una reseña de Infectados que me da que pensar.
En Aullidos, que suele tratar estos temas de los géneros fantásticos y de terror, leo
“Puede que se le puede achacar el problema de ser una película simple, que no tenga una gran historia que contar, pero es que seguramente ese sea su propósito.”
“[…] sin grandes giros ni grandes pretensiones se hace un retrato fiel y realista de lo que harían unas personas en esa situación.
El tema de las pretensiones se oye y se lee mucho en el mundo blogero. Sin ir más lejos, topo con un comentario ambiguo sobre Darren Aronosky, con una cascada larguísima de apoyos y críticas, con más o menos matices, acerca del mismo tema: hay quien juzga que un genio es un genio, y quien piensa que un tipo que se cree “más” (¿más que qué? ¿Que quién?) es un pretencioso.
Al grupo de estos últimos, claro, les gusta más cuando Aronosky se embute la chaqueta del realismo o del melodrama, en El Luchador, donde no hay “virguerías” estéticas. Y suelen ser de los que aplauden la ficción recia, sin adornos, directa, sin artificios.
Hoy, charlando con mi hermano, me hacía ver que era un poco contradictorio cómo la crítica y parte del público se le echara al cuello a Julio Médem, hace unos años, por su Caótica Ana. Si les gusto cuando era “personal”, ¿cómo se le va, luego, a achacar que tenga su propia visión?
Esto, en cuanto a lo de las pretensiones. En cuanto a lo de la originalidad, sé de sobra que esto surge en muchos debates, hablando de cine, de guiones, de relatos, de novelas: de ficciones, vaya. No se puede, a estas alturas, ser original. Todo está contado. A ratos, parece un argumento contundente. Hasta con coartada intelectual y filosófica: y eso que Fukuyama no dio ni una con su Fin de la Historia.
Pero a mí, que oigo esto en los talleres de guión, en los talleres de relatos, y en quienes leen y comentan sus lecturas, a ratos me suena a coartada. “No sé hacer una historia original, luego hago versiones, rescrituras o subtemas que ya se han hecho”.
Que conste que no creo que los hermanos Pastor engañen, ni lo pretendan. Y es todo un mérito el paso que han dado a Hollywood. Pero esta historia ya estaba contada. Otro blog o web resume perfectamente qué se puede esperar de esta película: http://www.guzmanurrero.es/index.php/Ultimas-noticias/Trailer-de-Infectados-CINE-Y-LETRAS.html
Bien, que no sea muy enfática (es curioso la de silencios que hay); bien, que haya momentos bien planteados como cuando el coche se marcha en el fondo, mientras que la cámara tiene de cerca al padre (Chris Meloni) y a la hija infectada que abandona.
Bien, que -no sé si como broma, o como querencia y gusto por el fanástico o el terror-, cuando los faros del coche iluminan al hermano herido e infectado, parezca un muerto viviente.
Pero creo que se puede pedir más. Y que se debe pedir más. La que ha sido mi reciente profesora en un taller de guión me dice que el próximo proyecto de los Pastor, ya en España, promete. Esperémoslo.