HADJÍ MURAT, 1912. LEÓN TOLSTOI. CUESTIONES SOBRE LA FICCIÓN HISTÓRICA (II)


Sigamos analizando esta novela de Tolstoi, Hadjí Murat.
Por todo lo visto en el anterior post, veíamos que la posible intención del autor era acercarse a un momento de la Historia (y a la guerra, como concepto más general) de una forma que rehuyera todo lo relacionado con el romanticismo. Así el protagonista de la novela, al final, no puede ser el propio Murat sino aquel hecho histórico. En el capítulo VIII, Tolstoi abre tanto la narración que nos desplaza a los efectos en la familia del soldado muerto. No tiene nada que ver con el supuesto personaje principal. Pero sí con la guerra.
“Al recibir la noticia, la vieja lloró todo lo que se lo permitieron sus ocupaciones. Después se puso a trabajar.”
Drama sin drama. También nos cuenta cómo la esposa del fallecido sufre. Pero que ya había iniciado relaciones con otro hombre. La vida continúa.
Con este estilo contenido puede haber, sin duda, una visión del autor (una que no está subrayada). Pero ¿cabe la épica? 
Un ejemplo extremo de esa opción de Tolstoi de la falta de énfasis: al final de dicho capítulo VII, nos deja leer el informe oficial de la escaramuza y la muerte del soldado. No es siquiera rimbombante; es frío y es falso (se exageran las bajas entre los montañeses) y nada más. Claro que el lector puede sonsacar la crítica al sinsentido de aquella guerra, si bien gracias a su propia inteligencia.
Por ese respeto a la Historia, por esa idea propia del realismo, y por cuál sería el tema verdadero de la novela, el autor necesita a toda esa serie de personajes secundarios. Tal vez para, primero entender él todas esas notas que tomara en su juventud, cuando estuvo allí. Y, luego, para hacérnoslo entender.
Una idea de lo complejo de aquellas escaramuzas donde los montañeses ahora eran aliados y luego eran enemigos se ve en el capítulo XVI y XVII. En el primero de estos, vemos cómo los rusos queman y destrozan una aldea, como era orden habitual para las que encontraran vacías. En el segundo, los montañeses vuelven. Y vemos que son aquellos que ayudaron a Murat; es decir, los rusos han atacado a guerrilleros musulmanes que no son propiamente enemigos. 
Otro aspecto relevante lo encuentro aquí. Tolstoi no se fiaba de su memoria, y su obsesión por el detalle le hizo que “interrogara” por carta a la esposa de uno de los soldados que había estado en el campamento con Murat. Estas son algunas de las preguntas que hizo:
– ¿Hablaba un poco de ruso?
– ¿De quién eran los caballos que usó para escapar? ¿Suyos o de alguien que se los dio? ¿Y eran buenos caballos, y de qué color?
– ¿Se le notaba cojear?
Según cuenta el autor de un ensayo sobre Tolstoi (Viktor Shklovsky), incluso en esos últimos años en que el autor estaba enfermo y cercano a la muerte, aún investigaba para la novela. Pedía libros, comprobaba información.
Respecto a Murat y los suyos, tampoco cae en la mitificación. Esa distancia autoimpuesta −sin ser forzada−, esa opción estilística y literaria, lo que produce es una sensación de verdad. Pero una verdad que se nos antoja inasible. Como si Tolstoi no llegara a comprender del todo a aquellos guerreros valientes pero también crueles.
Esto mismo se aplica al protagonista. Harold Bloom afirma que Hadjí Murat no era nada excepto él mismo. Exacto. Pero es un ser que se expresa, se mueve, actúa de una forma que apenas nos deja empatizar ni comprenderlo. El único rasgo −y siendo único, es tan definitorio como ambiguo− en el que insiste es su sonrisa infantil.
La introducción de la edición de Cátedra dice:
“Hadjí Murat es la más perfecta de las atribuciones de unos rasgos que le permiten tener vida propia frente a la complicidad y al apego naturalmente atribuibles”.
¿Quiere decirse que la ficción, así, no falsifica? ¿Que Tolstoi buscaba una verdad más profunda, aunque, al tiempo, no fuera accesible; que no fuera comprensible?
El hecho es que la novela elige un momento particular de la vida de Hadjí Murat. Cuando, por choques con el líder de los clanes musulmanes, decide rendirse a los rusos. No puede ser una elección casual.
Es muy complicado levantar un héroe cuando sus acciones heroicas han sucedido ya. Por eso decía, que el adjetivo épico se me aparece como erróneo.
Por un lado, son los rusos los que, a medida que se va conociendo el paso a sus filas, (nos) comentan esa mezcla extraña de admiración (el adjetivo “valiente” se repite varias veces en los diálogos), temor, y fascinación.
“Tu bandido es encantador”, le dice la esposa de uno de los dirigentes militares rusos a su marido. Y muchos otros jerifaltes y prebostes rusos hablarán de él en este sentido en el capítulo IX.
Se narran sus hazañas, pero de forma resumida. Y las cuentan otros personajes. Tenemos que fiarnos de su propia interpretación. No asistimos a esas batallas; a esas muestras de arrojo.
Por otro lado, como héroe, Hadjí Murat es problemático. Su decisión/acción principal no le acerca a su Objetivo, y durante mucha parte de la novela su actitud (impuesta por las circunstancias) es la siguiente: como el propio texto dice, “La vida de Hadjí Murat se reducía a esperar”. Y su supuesto oponente, el líder Shamil, ni se le opone en verdad, ni aparece en la historia hasta muy tarde.
El imán Shamil, el líder de los montañeses.
Además, Tolstoi, como decíamos, “abre” el enfoque, y acaba narrando las evoluciones de muchos de los secundarios. Al cabo, el resultado es que Murat sea un personaje más en ese mosaico. Como se comenta aquí
“Tolstoy´s radical realism at times so disorients that is becomes hard to pick up the themes of the novella. […] shifts the action from his hero Hadji Murat to train his camera on an apparently insignificant character-for example, Butler, a happy-go lucky Russian soldier with a Romantic outlook and a gambling problem””
Cierto. Si uno llega a Hadjí Murat por ciertos reseñas, las expectativas serían hacia una historia de un protagonista más claro. Y no parece el caso. Cabe preguntarse: o bien la intención de Tolstoi nunca fue el retrato de Murat como héroe (porque se oponía a la idea romántica), o bien se acerca a él con tanto respeto porque ni él mismo alcanzaba a entenderlo como hombre. O bien, ambas cosas.
Un ejemplo es cómo se presenta el pasado concreto de Murat. Llegado cierto momento (y se agradece esta dosificación de la información), en el capítulo XI los rusos le piden que les explique cómo ha llegado a la decisión de pasarse al enemigo.
Tolstoi deja que el personaje lo cuente. Y lo cuenta como lo haría, de forma verosímil, cualquier persona. Resumido. Y sin demasiados comentarios.
Como si Tolstoi nos lo presentara de la forma más objetiva posible, dejando que los juicios los pongamos nosotros. Tanto es así que los diferentes sucesos que llevaron, primero a ser ese “ser legendario” (como guerrero), y luego, a pasarse a los rusos, explican y no explican nada. Es narración pura, hasta el punto de que apenas se intuyen conclusiones.
Porque conocemos y entendemos mejor a Nicolás I, al que se le dedica todo un capítulo, que a Hadjí Murat. Tanta es la diferencia que dicho capítulo opta por una elección extraña (que, teniendo en cuenta el dominio narrativo de Tolstoi a aquellas alturas de su carrera, no parece inconsciente), donde el autor primero resume (e interpreta un tanto) lo que el zar hará, durante la reunión con dos de sus funcionarios… y luego, la narra, de nuevo, de forma más desglosada.
¿Se atreve Tolstoi más con Nicolás I porque pretende ser con él más crítico? Pero, si es así, ¿por qué se contiene más con los soldados, o con Murat? ¿La crítica es contra los rusos, o sólo con sus jerifaltes?
El final de la novela también es significativo. La muerte de Murat sucede en elipsis, y, cuando se cuenta, parece una muerte absurda. Harto de aguardar que los rusos accedan a rescatar a su familia del territorio y de Shamil, decide ir él mismo por su cuenta. Y acaba asesinado por los rusos, cuyas órdenes eran que Murat no abandonara su puesto.
Para finalizar, dejo aquí unas reflexiones que hacía Italo Calvino acerca del arte de Tolstoi. Es mi traducción del inglés de ese mismo extracto que se cita aquí.
“Como el más abstracto de los narradores, lo que cuenta en Tolstoi es lo no visible, lo no articulado, lo que podría existir pero no existe.”
Anuncios

HADJÍ MURAT, 1912. LEÓN TOLSTOI. CUESTIONES SOBRE LA FICCIÓN HISTÓRICA (I)


Hadjí Murat es la novela tardía de Tolstoi, La escribió entre 1897 y 1904 y no la vio publicada. Llegaría a las librerías en 1912; en Rusia, en una versión censurada. La completa sólo pudo leerse ese año en Berlín.

Mi impresión es que es una gran desconocida. La propia navegación por Internet revelará que existen pocas referencias. Yo no tenía conocimiento de esta historia que, por cierto, parece proyectarse hacia un presente continuo por el contexto reflejado. Por otra parte, supongo que, entre los más expertos, sí será más conocida, dado que Harold Bloom la mencionara con honores en su Canon Occidental.

Hadjí Murat narra el conflicto ruso con la zona de Chechenia ocurrido en torno a 1850. Más de cientocincuenta años y diríamos que las autoridades actuales de aquel país continúan sin entender la región con la que tienen tantos problemas.

A mí lo que más me ha interesado es que esta novela corta plantea y expone una problemática común entre ficción e Historia. Cuánto adaptarla a las exigencias narrativas o dramáticas. Cuánto esa adaptación es justa o es una operación comercial. Cuánto chocan realismo con épica.

La edición de Cátedra, como siempre, nos incluye una introducción, donde se aportan datos relativos a la obra. Para mi gusto, hay un exceso de contextualización histórica, y poco, acerca de presentarnos y justificarnos los valores de esta novela de Tolstoi.
Aun así, mi recomendación personal es que se lea después de la propia ficción, porque sirve para completar y, curiosamente, para contrastar. Porque Hadjí Murat acaba originando más preguntas que respuestas.
Vayamos por partes. El Cáucaso, nos cuenta la Introducción, era, ya en el XIX, un territorio de frontera que ocasionaba que, en la calle, y en la literatura (no sabemos en qué orden), que los rusos fantasearan. En cierto modo similar (aunque ya veremos que con diferencia, al menos en el caso de Tolstoi) a cómo los americanos observaban a las tribus nativas con las que guerreaban, los musulmanes (aunque también ávaros, otro pueblo) de las zonas de Daguestán y Chechenia eran guerreros terribles pero también fascinantes. Los llamados “montañeses” se resistían a cada una de las incursiones rusas, y se negaban a someterse.
Tolstoi conoció uno de los momentos claves en esa guerra de guerrillas que desarrollara Nicolás I sobre aquellos clanes. Fue soldado entonces, y conoció a muchos de los personajes reales que aparecen en la novela.
Esto es significativo si bien tal vez lo sea más que Tolstoi tardara toda su vida literaria en escribir Hadjí Murat. Antes, vinieron sus primeras obras, y, luego, las fundamentales. ¿Por qué?

Me arriesgo con la respuesta, y son varios motivos. Porque el autor ruso era un realista empedernido cuyo respecto por la Historia era importante. Porque quiso, tal vez, ser lo más objetivo posible, y comprender, y hacer comprender, sin un estilo que intervenga y dé juicios fáciles y sumarios. Porque quizá tardó toda esa vida en el esfuerzo en pos del entendimiento de un personaje (y a aquellos montañeses a quienes representaba). Uno que, finalmente, tal vez ni Tolstoi mismo fue capaz de aprehender.

El autor sólo se permite la metáfora en un marco que encuadra toda la novela. El narrador (podemos sospechar que el propio autor) encuentra, al principio, ese cardo tártaro que titula el artículo de Jorge Edwards, y cuya acción de permanecer pese al daño ejercido, tronchado, le recuerda al protagonista.

En esta especie de introducción, que sirve de excusa para que dicho narrador nos cuenta la historia, participa, pues, del momento más importante de “intervención”. Hadjí Murat es, pues, siguiendo esa metáfora, un hombre que no se dejó vencer. Que causa admiración.
El otro elemento relevante de esta introducción es que dicho narrador afirma que usará su recuerdo aunque completará con su imaginación.
Lo curioso es que lo primero se probará sin duda: la novela demostrará que la fascinación es la clave de cómo los personajes miran y admiran a Murat. En cuanto a lo segundo, a la posible interpretación que se colige de algo que es recordado, no estará tan claro. El respecto por la contención es tal que, en cierto modo, Hadjí Murat debería hacer las delicias de cualquier historiador. Al menos de esos que ven con tan malos ojos que un narrador intervenga demasiado en el juicio de los acontecimientos históricos.
La cuidadosa forma de Tolstoi de mostrarnos a los personajes y los hechos sin apenas intervención o comentario nos habla de un particular modo de entender el realismo. Al tiempo, es tal la distancia que hace que nos preguntemos si, como dicen algunos, esta novela puede considerarse épica.

Aquel marco que queda sólo en este principio (sin que el narrador vuelva a entrometerse en el flash-back, delatándolo como tal) puede el lector olvidarlo pronto. Es decir, la posible interpretación de toda la anécdota no es enfática.

Esto no significa que Tolstoi no tenga una mirada sobre los hechos. Más bien, se trata de que elige los hechos y los personajes para que apunten una posible interpretación. Una comparación con el mundo audiovisual sería la diferencia entre un documental histórico cuyo guión y voice over afirme lo que los hechos iluminan, siendo así, obvio, y uno que los elija y los disponga en un orden concreto para que produzca esa interpretación para el espectador (también gracias al montaje). Lo último no excluye el manejo personal de un autor del orden de los hechos históricos; sólo que presenta posibles respuestas, y no las contesta por el espectador.

Tolstoi, o su narrador, apenas interviene. Y cuando lo hace, es de forma escasa. En la página 79 (Capítulo V):

“Los oficiales comentaban con gran animación la última noticia, la muerte del general Sleptsov. Ninguno veía en ella lo más importante: el fin de una vida y su retorno a la fuente de donde procede.”

Otra de las contradicciones (no en su acepción negativa) de Hadjí Murat es que crea un amplio mosaico de personajes y, al tiempo, apenas nos permite el acceso a su psicología. Tenemos que Tolstoi sigue casi a cada uno de ellos, pero con un desarrollo limitado.

¿Obsesión documental; respeto a lo que anotara en aquellos cuadernos de juventud donde reflejaba lo que viviera en el Cáucaso? ¿O preocupación hasta el extremo por el destino de cada uno de los personajes?

No está subarrayada, la postura de Tolstoi sobre la guerra. Y tampoco creo, como he leído por ahí (la propia ficha de la editorial en la web yerra el tiro con mucho) que sus simpatías sean para con los guerrilleros musulmanes. Considero que lo que sucede es que Tolstoi conocía y comprendía mejor a los rusos.

Hay una hermosa escena, sencilla y cotidiana (Tolstoi anotó muchos momentos de esa cotidianeidad de los militares en el Cáucaso), en el capítulo V. Asistimos a cómo varios soldados y un superior fuman y comentan. Sería un ejemplo más que muestra que el autor ruso no es romántico en su retrato. Se aleja, pues, de cómo los estadounidenses (en el XIX, pero, sobre todo, en el cine del XX) interpretarían el universo de la frontera de una forma mítica. Hadjí Murat sucede en un universo de frontera, pero no se da pie a héroes. No estamos cerca del western, pues; no estoy de acuerdo con la visión de este blog. Estos rusos no son tipos duros y enigmáticos. Son lo que son: humanos.

Es tanto el respeto (o, si se quiere, esa falta de juicio negativo que algunos quieren ver sobre los rusos), que un capítulo más adelante (el VII) seguirá la evolución de uno de estos soldados, tras resultar herido. Y ello, pese a que la narración principal (la Trama, para que nos entendamos) no lo exigía.

Es cierto que la vivencia de aquella escaramuzas o guerra de guerrillas es peculiar entre el bando ruso. Hay una mezcla de banalidad, de interpretación romántica, y de tomárselo todo un poco como un juego.

“(Butler) sentíase atraído por el peligro de la muerte, un deseo de actividad y la conciencia de ser una partícula del gigantesco todo dirigido por una sola voluntad. Era la segunda vez que tomaba parte en un ataque. Le alegraba pensar que de un momento a otro empezaría a disparar, y que no sólo no inclinaría la cabeza ante un proyectil ni prestaría atención a su silbido, sino que, como había hecho, se erguiría.”

“Por extraño que parezca no se imaginaba el otro aspecto de la guerra: la muerte, los oficiales, los soldados y los montañeses heridos. Inconscientemente, llegaba hasta el punto de no mirar nunca a los heridos ni a los muertos, con objeto de conservar su poético concepto de la guerra”.
 Asalto a Gimry. Franz Roubaud (1856–1928) Ilustra un asalto de los rusos a un aul (nombre para aldea) de los muridas

Esa misma elección de lo cotidiano, lo banal, lo dramático sin excesos, los (pocos) enfrentamientos, demostraría que a Tolstoi justo lo que le interesa es justo lo opuesto a lo romántico: al mito. A lo bélico como épica. De nuevo, otra posible razón por la que la épica se encuentra, a mi parecer, en las antípodas de Hadjí Murat. O bien sería una nueva épica, moderna, nueva, que podría desarrollarse ya en el siglo XX.

Seguiremos analizando esta novela en próximos posts. Por cierto, si quieren ir leyéndola, aquí la tienen on-line.

GUIONECES: LO QUE TAMBIÉN CONSTRUYE UNA HISTORIA: SENTIDO DE LA MARAVILLA


Sigamos viendo esos extras, esas especias, que le dan sabor, y que sostienen también una ficción.

2. El sentido de la maravilla.

Si en lo anterior jugábamos con una sección más racional de nuestro cerebro, aquí nos desplazamos al terreno de la imaginación. No abandonamos la comparación con los niños, porque la ficción y la edad infantil se entrelazan mucho más de lo que creeríamos (prueben a contarle una historia improvisada a un niño, que notarán qué exigentes son). Si, decíamos, que al niño le azuza la curiosidad (racional) por cómo funcionan las cosas, no menos le estimula el conocimiento de mundos maravillosos. Lugares imposibles. Personajes de otros planetas, o de otras realidades.
Eso nunca desaparece cuando somos adultos.
Doctor Who juega con esto de manera magistral. Nuevos mundos; otros tiempos. Diferentes razas; distintas amenazas. Pero también espacios bellos (como Nueva Tierra, en el capítulo 1 de la Segunda Temporada) o terroríficos (como el planeta imposible del capítulo 8 de esa misma temporada; o esa superficie brillante pero mortal que visitan los turistas en Medianoche, el capítulo 10 de la temporada 4).

New Earth. Bueno, siendo específicos, como diría el Doctor, New New New New New Earth
El Planeta Imposible: ciencia fantasiosa, ciencia posible, y un monstruo que no sabemos a qué género pertenecería en realidad.
El propio Doctor es un niño grande que es capaz de contagiarnos una sensación de aventura al grito de su conocido “Allons-y”.
Ciertamente, este sentido de la maravilla no sostiene del todo series como Warehouse 13 (penosa, la dirección que está tomando la tercera temporada). Y hasta se puede hacer gran ciencia ficción sin él: pienso en Torchwood: Miracle Day, aunque habría que revisar si al cabo pertenece a este género o no (el tema no siempre determina el género, que diría Carlos Losilla en un libro que recomienda vivamente). Pero la libertad que respira y transmite una historia donde más de lo común es posible aporta mucho al espectador. Y eso requiere el significado más literal de la imaginación: crear imágenes poderosas, misteriosas, seductoras.
Es probable que estos dos elementos caduquen un tanto en su efectividad tras un primer visionado, tema interesante que mencionaba el compañero de La solución elegante en su twitter. De todos modos, como indicábamos, ninguno de los dos por sí mismo sostiene una ficción. Pero ambas pueden añadirle vida, e interés. De hecho, pueden combinarse. Uno de los fallos que más me han molestado de la tercera temporada de Fringe ha sido que no nos ha dado mayor acceso acerca de cómo de diferente es ese otro universo. Si se hubiera combinado la curiosidad racional con el sentido de lo maravilloso, tendríamos que las posibilidades reales de esta historia serían aprovechadas al máximo.

Un ejemplo opuesto sería Juego de Tronos. Ha apostado por los caminos derivativos para una serie que tiene más de novela (donde cabe eso, la derivación y la descripción, y se soporta mejor que en un relato corto; ya hablaremos de esto otro día) que de narración pura y dura, y todo, lo aguantamos (más o menos; yo no soy de los mayores fans de la serie) justo porque los autores han respectado la pretensión del escritor de las obras en que está basada la serie: abrirnos la puerta a un mundo (fantástico) donde requerimos cierto tiempo para saber cómo funciona. En este caso, la conjunción de sentido de la maravilla (un universo diferente) y la curiosidad racional (el funcionamiento interno de dicho universo) sí es acertada (si bien un tanto excesiva, y no del todo justificada).

DIEZ MÁXIMAS PARA UN MAL NARRADOR DE ÉXITO


1. Lea pero no asimile. Lo conveniente es que evite el descalabro de las obras maestras, o aquellas en exceso complejas, no sea que las disfrute y se aficione. Si, pese a todo, un buen samaritano (más adelante recomendamos cómo evitarlos) le regala uno de estos libros, lealo con reparos. En cualquier caso, no medite sobre por qué le gusto o le disgustó, no analice cómo el escritor logra que se enfade, se interese o se emocione; no discurra sobre cómo una posible estructura, o vocabulario, o temática le sacude. No escriba nunca sobre lo que ha leído, ni lo relea. No sueñe con lo que ha leído. No lo subrraye. Esto último, además, es anatema según Javier Marías, que puede que le guste o no, pero es un escritor de  éxito. O sea que úselo como excusa.
2. Lea sin criterio. Elija por su portada, por qué se recomienda entre sus amigos, por qué se publicita en la calle, en la misma tienda de libros, en el periódico. No se obsesione y dirija sus lecturas hacia un tema, un país, la literatura de un país, un autor. No sea obsesivo; sea racional. No permita que su ser le dicte qué le atrae, no sea que descubra lo que es; de ahí a la ruptura de la máxima número diez de esta lista hay un leve paso.
3. Escriba bajo el imperio de la inspiración. No haga esquemas, documentación, correcciones. No escriba nada antes de ponerse al ordenador. No revise sus textos con miras a si su historia ya se ha contado, para darle alguna vuelta que la haga diferente. No reflexione sobre qué demonios está intentando contar. Piense que el lector inteligente le quedará lejos, y no es probable que le alcance en persona para demandarle explicaciones sobre por qué el tema elegido, la evolución de los personajes, la estructura.
4. Escriba como le venga en gana. Ya le corregirá el editor. Despreocúpese de la redacción. Si le vienen arrestos culpables, piense en que es que ahora todo el mundo habla y escribe mal. Los telediarios, la prensa, la publicidad usan los infinitivos como sujetos constantemente, los gerundios, adjetivos inapropiados o tópicos… Así que dígase que usted sólo capta “el momento literario” de la forma de hablar de la calle. O dígase que la literatura es libre, y que no importan las tildes.
5. Hable de su afición en público, con cuidado en la selección de su auditorio. Búsquese un círculo de amigos poco letrados, poco leídos o tan sólo poco dispuestos al esfuerzo intelectual. Dé su opinión con asertividad agresiva sobre libros, películas, series de televisión, música. Hágase notar, y dese importancia, para que, con el tiempo, sea usted “el intelectual” del grupo. Ello le preparará para sus futuros encuentros y encontronazos con el universo literario, y que se vaya creyendo que lo sabe todo sobre todo.
6. No dé sus manuscritos a posibles lectores previos. Nadie le entiende ni le entenderá (oh, la solitaria y dolorosa tarea del escritor) sobre todo si ha seguido el punto anterior. Otra cuestión sería si a sus alrededores existiera un buen lector, con criterio. Es indispensable que evite por todos los medios que lea su texto. Si, Dios no lo quiera, esto sucediera, y esa persona le recomienda o aporta posibles mejoras, niéguese en redondo. No se justifique en argumentos, sino en vaguedades, eso sí, que suenen tajantes: usted sabe por qué lo ha escrito, estructurado y redactado de esa forma. No crea en la sugerencia que hacía Brian Aldiss (hablando de su relación con Stanley Kubrick, para el guión de “A.I”) sobre cómo la negación de sugerencias ajenas al cabo no implica sino inseguridad.
7. Hágase con entrevistas de todos los escritores actuales, mejor si son jóvenes, mejor si son exitosos. Busque en ellas las pautas sobre qué define la literatura, o la novela, o la narración, “La literatura es un viaje”, “La literatura te traslada a otros lugares”, “Los personajes me pedían este final; tenían vida propia”. Apréndaselas de memoria, para que luego tenga usted material suficiente el día en que le entrevisten a usted. Mención aparte son las alusiones a “la actualidad”, en lo que coincidimos con las sugerencias de Andrés Ibañez.
8. Hable en voz alta de lo sagrado y místico de esta profesión y del insulto que significa relacionarla con dinero. Luego, aparte, sin micrófonos, presione a su agente para que le pague más; para que le lleven a conferencias, a congresos. Si quiere un ejemplo de la habilidad escondida por lo pecuniario, investigue a Luis García Montero.
9. No caiga en tentaciones autoanalíticas personales. No lea a místicos pero tampoco a racionalistas: no lea filosofía. No haga psicoanálisis, no emprenda búsquedas personales con auténticos guías espirituales, orientales o no. Si le viene un tanto de angustia, lea algo de autoayuda (Coello), échese las cartas, o acuda a algún psiquiatra irresponsable que le oferte, sin discusión, una porción reglada de inhibidores de serotonina.
10. No busque la Verdad. Tome lo que le interesa de la posposmodernidad, y diga, para sí, para su auditorio de amigos, para los micrófonos en las entrevistas, que vivimos tiempos cínicos, donde nadie sabe o posee la Verdad Absoluta. Luego, sin culpa ni coherencia, opine. Opine sobre impresiones, no sobre datos o experiencias. Opine sin matices. Su verdad vale tanto como la que más. Si quiere mayor éxito, asuma la verdad de algún grupo, siempre que sea aceptado por su tiempo: si es usted fascista impenitente, sólo dependerá de editoriales y amigos poco influyentes. En cambio, si es usted nacionalista, conservador, liberal, socialista o comunista, exprese la serie de lugares comunes que le agencien a su grupo, y le refuercen en él.