¿EL GÉNERO FANTÁSTICO CABE EN TELEVISIÓN? (I) GAME OF THRONES, GRIMM, ONCE UPON A TIME


A raíz de este post de Miss McGuffin, y del propio visionado de dos series de reciente estreno (Grimm y Once Upon A Time), le he venido dando vueltas a esta idea. En principio, la clasificación por géneros sería muy aleatoria, y tampoco tiene por qué afectar a nuestro juicio sobre la calidad. Sin embargo, indagando, cabe preguntarse cuánto de fantástico tiene lugar en la ficción televisiva, y el que hay cumple de veras con todo el potencial de este género.
De esta entrevista con el crítico Tomás Fernández Valentí, extraigo una definición del género fantástico algo desafiante.

“En principio no debe someterse a las reglas empíricas de la realidad […] De este modo, el fantástico tiene la capacidad de explorar lo que no se ve, lo invisible, lo intuido; es como una proyección de la psique humana más allá de los límites de lo orgánico. El cine fantástico remueve “algo” en nuestro interior que no remueven otros géneros más, digamos, a ras de suelo, y que cuesta de definir.”
Digamos, pues, que en este sentido, sería un fantástico que se codea con el terror, en cuanto a que sacude un tanto al espectador y le enfrenta a rupturas con su “realidad”. En ese caso, habríamos de asumir, que el fantástico que no actuara de este modo caería del lado de esa parte del género menos interesante. De ese más plano y vulgar, del que habla este mismo crítico en esta otra entrevista.
Sin caer en extremos, algo de ello hay. Veamos. Si un film o una serie de género fantástico nos sitúa en un universo diferente de primeras, la ruptura es improbable. La única posible excepción es que dicho mundo posea unas reglas tan diferentes a las nuestras que fuercen al espectador a una revaluación continúa de qué es “normal” en él, y lo diferente que es dicha “normalidad” de su propio universo; el nuestro, el “real”. Estas apuestas son arriesgadas, e implican que el mundo retratado nos responda a unas lógicas comunes. Es lo que sucede, con un ejemplo audiovisual, en esos momentos extraños de parte del cine de David Lynch. Que dentro de tu propio apartamento lujoso exista un pasillo oscuro de la forma que él lo rueda en Carretera Perdida (Lost Higway) aporta inquietud; que un personaje pueda ser dos personajes rompe la lógica. 
No vamos a encontrar eso en el género fantástico al que el audiovisual está más acostumbrado. Ni siquiera en cine, donde El Señor de los Anillos sería el caso más significativo. Pero la trilogía de Peter Jackson reproduce un tiempo y un espacio habitado por la magia, donde, una vez aceptado este detalle, el espectador puede sentarse plácidamente a seguir las aventuras del Bien contra el Mal. Esto no es una crítica negativa al conjunto (y estos films tienen mucho reivindicable, justo en esa recuperación de la mítica), sino una constatación de que es un tipo de fantasía más acomodaticia.
A Games of Thrones le sucede algo similar. Pese a una primera escena −tramposa por esto mismo− donde parece que la Trama trata de magia (y terror), el resto de la serie navega por un mundo feudal con peculiaridades diferentes de la realidad, pero donde el camino tomado es ese barbarismo también perteneciente al género de fantasía heroica, y del que habla Guzman Urrero aquí. Y donde el elemento mágico aparece aquí y allá, sin (al menos en su primera temporada) alcanzar categoría relevante.

Un principio estupendo… que capítulo tras capítulo va desvelándose como un enganche algo tramposo.
El Señor de los Anillos contiene y pretende ese potencial mítico de las sagas artúricas, e incluye (aunque no hasta sus última consecuencias) también el aspecto “bárbaro”. Game of Thrones incide mucho más en esto segundo. A ratos, uno se pregunta si HBO pretende que la violencia, los desnudos y el sexo implican de modo automático que esta ficción es “más adulta”. Al tiempo, El Señor de los Anillos utiliza (al menos en la versión de Peter Jackson) ese otro derrotero que describe Urrero; el del énfasis en “lo maravilloso”.
“La historia interminable (1984), de Wolfgang Petersen; Legend (1985), de Ridley Scott; Lady Halcón (1985), de Richard Donner; y Cristal Oscuro (1983), de Jim Henson y Frank Oz, insisten en la dimensión maravillosa y fascinadora de este tipo de relatos.”
Visto así, parece que los grandes intentos del audiovisual hacia el fantástico podrían dividirse en estas posibilidades, que pueden mezclarse. Relatos míticos; relatos violentos y más “realistas”; relatos puramente “maravillosos”. Y, sin duda, hay que celebrar que cadenas como HBO propongan acercamientos diferentes (aunque su diferencia se limite a esa violencia más cruda).
¿Y qué sucede con Once upon a Time y Grimm?
Grimm es un procedimental (o procedural, según otra terminología) que aparenta pocas ambiciones, y una única base en el “high concept”. Sin embargo, tiene lugar en el mundo real. Y el punto de partida contiene mucho de ese fantástico que cuestiona un tanto la realidad. Eso que tal vez defina el género, como afirmaba Valentí. De hecho, la revisión, la visión de dicha realidad, ahora con otros ojos, es una metáfora hecha realidad en el protagonista. A Nick Burdhardt le sobreviene la herencia de poder ver a los monstruos.
Ciertamente, como decía Miss McGuffin, el actor protagonista no parece el más adecuado. Y el hecho de que se emita en una cadena en abierto impide que la serie se arriesgue por derroteros incómodos. Con todo, hay más de lo que se esperaba, a la vez que Once Upon A Time, con más ambición, y en verdad más interesante en su conjunto, tiene más de un problema para conciliar (o enfrentar) esos dos mundos; el de la fantasía y el de la realidad. 
Todo esto lo veremos en un próximo post. Pero mientras, vayan opinando.
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GUIONECES: DIÁLOGOS: UN CASO DE SUBTEXTO. THE WIRE


Ignoro si es algo que se aborda actualmente en los temarios de los talleres (lo de ciertos cursos, lo siento, con excepciones, es de auténtica vergüenza), pero cuando se tocan todas las posibilidades para un diálogo, debería tratarse el concepto de subtexto.

Lo del subtexto, en verdad, no es una necesidad. No se justifica en términos de funcionalidad. Es una elección del guionista. Es personal, y, eso sí, depende del tono. Y de que queramos ser originales. Al fin y al cabo, una manera de evitar los discursos y los diálogos obvios, fáciles, tópicos, es el subtexto. 
Por supuesto, en televisión (en nuestra televisión) es improbable que nos dejen colarlos. Por una parte, porque, como muchos ejecutivos de cadenas saben bien, el público, el espectador es idiota. Por otra, porque tal vez la ficción concreta en que trabajemos, su tono, su ritmo, no acepte bien un subtexto demasiado elaborado. De hecho, el compañero de La solución elegante expone un caso claro de cuándo no es apropiado un diálogo con subtexto. 
Pero, por si alguien nos dice (hasta nos grita) que una historia de tipos duros, de la calle, “realista”, no acepta algo tan “literario” como el subtexto, aquí hay un ejemplo que podríamos contraponerle. Lo encontramos en el capítulo 3 de la temporada 4 (House Rooms). Esta temporada se inicia con unas escuchas que, por primera vez, no incluye al detective Jimmy McNulty. Por otra lado, dicho personaje no está interesado en volver a la calle, e implicarse en aquello en lo que, lo quiera o no, es muy bueno. Así que un día, su buen amigo William Bunk Moreland acepta su invitación a cenar. Luego, salen a por un par de birras, y beben y charlan como en los viejos tiempos (este escenario y estas conversaciones salían bastante en anteriores temporadas). Y, de pronto, Moreland comienza a hablar de cosas sin relevancia: algo que se vende en las esquinas, y que llaman “truchas de lago”. Pero, claro, McNulty sonríe, y comenta, de truchas tienen poco. Y así, ya no están hablando de veras sobre truchas. 

Y McNulty, claro, entiende lo que le quiere decir. Y nosotros. Moreland le está lanzando una indirecta. Su amigo se está escudando en trabajos de oficina, cuando él, su talento, su forma de ser, no es ésa.

¿Es un subtexto muy literario? No. No, porque el tono de la propia conversación es casual, con lenguaje sencillo, de la calle. No, porque tiene incluso una justificación dramática. Moreland ya le ha lanzado indirectas menos sutiles en alguna escena anterior. Quiere presionarle pero no demasiado.

¿Y ustedes? ¿Se han cruzado con una escena con subtexto últimamente? ¿Son demasiado arriesgadas, tal vez?

GUIONECES: LO QUE TAMBIÉN CONSTRUYE UNA HISTORIA: CURIOSIDAD


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En la narrativa tenemos los fundamentos, y tenemos todo lo que la adorna. Si queremos contar una historia es mejor que empecemos por lo básico, aunque nunca está el plato terminado si no se le añaden los detalles. Estos detalles podemos encontrarlos con facilidad en la narrativa literaria, ya sea en novela, o en relatos. El hecho es que dos de ellos son muy relevantes, y no deberían faltar en una ficción que se quiera ambiciosa.</div>
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<b>1. La curiosidad.&nbsp;</b></div>
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En este caso no nos referimos a la que se dispara cuando se plantea un buen conflicto, y que sería la clave del suspense (que, aunque defina y dé nombre a un género, existe, a otros niveles en cualquier historia): ¿qué pasa después? ¿Logrará el Protagonista conseguir lo que necesita? Al cabo, estas preguntas tienen un gran componente emocional; de implicación con los personajes y situaciones.</div>
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Aquí, nos referimos a la curiosidad más relacionada con nuestra parte racional. Curiosidad, como la que tienen los niños respecto al nuevo mundo que van descubriendo. Curiosidad por saber cómo: cómo funciona el cielo; por qué los perros no sudan; de dónde vienen los niños. </div>
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Esta curiosidad está, también como adultos, en cada uno de nosotros. En principio, parecería que su territorio principal sería el documental, y, de hecho, con ello se cuenta, y mucho, a la hora de elegirse temas, personajes, sucesos. Sin embargo, en la ficción también es un elemento significativo. </div>
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Al espectador, a cualquier espectador, le gusta que les lleven a mundos, contextos, situaciones que sabe que existen pero cuyo funcionamiento desconoce. Un ejemplo perfecto sería todas las series de televisión, en USA, pero también aquí, en donde se han explotado las profesiones. ¿Cómo funciona las urgencias de un hospital? ¿Cómo se analizan las pruebas que llevan a la captura de un criminal? ¿Cómo se vive el día a día en una funeraria? ¿Cómo actúa la oficina del presidente de los Estados Unidos? Son los cimientos desde los que se han construido <i>ER</i>, <i>CSI</i>, <i>A Dos Metros Bajo Tierra,</i> <i>El Ala Oeste de la Casa Blanca.</i></div>
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Por supuesto, ello no es lo que ha facilitado su éxito, su calidad o su permanencia en pantalla. Es un mero punto de partida, que luego debe trabajarse en esos elementos fundamentales de la ficción: conflicto, cambio, Tramas, Personajes. Pero la curiosidad por un apartado de la realidad que no es accesible por medios naturales a un ciudadano medio no es desdeñable, y menos en las ficciones “largas”. Tengamos en cuenta que una de las ambiciones (o pretensiones, que ése es otro debate) de los autores de <i>The Wire</i> era mostrar al público todo lo averiguado (<a href=”http://www.imdb.com/name/nm0800108/http://www.imdb.com/name/nm0800108/%20″>David Simon</a> fue periodista y cubría crímenes; <a href=”http://reason.com/archives/2008/03/07/someone-has-to-start-wondering”>Ed Burns</a> fue policía en la ciudad protagonista) sobre cómo son, de veras, <i>the rules of the game</i>: cómo funciona Baltimore, en lo policial y en lo criminal. Desde el tráfico de drogas, pasando por el tráfico de personas, la política, el periodismo… Como expresa muy bien el compañero <a href=”http://diamantesenserie.blogspot.com/2010/04/genealogia-de-wire.html%20″>Alberto Nahum</a>, si <i><a href=”http://www.imdb.com/title/tt0106028/”>Homicide</a&gt; </i>(precedente de esta serie) es una serie sobre policías, no lo es menos <i>The Wire</i>. Cómo viven, cómo investigan; cómo siempre o casi siempre pierden.</div>
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<i>”The game is the game”. Idea recurrente durante toda la serie.</i></div>
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Esto vale para las películas también, sin duda: sectores, trabajos, ciudades, situaciones que existen, están en “la realidad”, pero que al espectador le es improbable conocer de primera mano pueden ofrecérsele desde la ficción.</div>
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¿Alguien sabe cómo funciona de veras el Congreso de los Diputados? ¿Cómo sería la vida de un GEO? ¿Qué se estudia y cómo en un laboratorio farmacéutico? ¿Cuál es el día a día de un pescador? </div>
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Son factibles puntos de partida para una ficción española que aproveche la curiosidad.

Ahora bien, si esto se relaciona más con esa “realidad”, digamos, objetivable (otra ficción que nos hemos creado, por cierto; la realidad no existe tal cual), el tono y género de aquellas historias serán más cercanas a lo que se denomina “realismo”. En cambio, el sentido de la maravilla, que es el otro elemento que analizaremos en un próximo post, se pliega mucho mejor al género fantástico, y sus géneros paralelos, como la ciencia ficción. Lo veremos en otro momento.

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<i>You follow the drugs, you get drug addicts and drug dealers. But you start following the money, and you don´t know where the fuck it´s going to take you.</i></div>
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GUIONECES: VEROSIMILITUD… ¿OBJETIVA?


¿Existe la verosimilitud objetiva? Es un aspecto de la ficción (guiones, novelas, relatos) más complicado de regular. Y lo es porque la definición de qué es realista se mezcla en demasiadas ocasiones. Algo de todo esto se puede ver en un post interesante, y un comentario aún más interesante (busquen el del que se llama bubbyburton) acerca de los valores o defectos de la serie Crematorio
A este respecto, una escena que recuerdo a menudo es la que aparece en el primer capítulo de A Dos Metros Bajo Tierra. Ned ha estado fuera, y le cuenta a alguien su experiencia en el sur de Italia. El recuerdo se ilustra con imágenes, a modo de flash-back. Desde un barco (si recuerdo bien), Ned observa, de lejos, un entierro, en una isla. Ned comenta que le conmovió porque aquello le parecía más “vivo”, más auténtico. Sobre todo, por comparación con los funerales a los que él ha asistido, en Estados Unidos, donde todo es más “civilizado”. Mientras, vemos cómo dicho funeral italiano (quién sabe si siciliano) se llena de lágrimas, gestos, dolor.
¿Qué sucede en la ficción española? Lo lógico sería que, al menos siempre que se busque la clasificación “realista”, siguiéramos con mayor atención cómo se habla a nuestro alrededor. Por supuesto, no todo el país habla de la misma manera, ni es igual de expresivo. Tal vez en eso haya ganado la cotidianeidad norteña. O tal vez lo que haya ganado es nuestro miedo a que nos tilden de costumbrismo.
Por eso, a muchos críticos le salen sarpullidos cuando ven esa mayoría de series españolas que aún conservan esa “naturalidad” (un caso actual, Los Secretos de Laura, donde parte del carácter de la protagonista es precisamente ese modo de actuar “de la calle” que tan poco encaja con los demás). Cuando ven y oyen esa forma peculiar de moverse, hablar, relacionarse del sur europeo, casi se ofenden (no hablemos ya del extremo de este camino, que se veía con claridad en Aída o en Los Serrano, costumbrismo castizo y tan exagerado que resultaba falso).
Con lo que muchos críticos se extasian es con películas como Tres días en la familia. Curiosamente, un film en torno a un recién muerto: donde todo está “por debajo”. Donde los personajes no hablan de lo que importa sino de los alrededores. Un film que tiene mucho de teatral y de francés.
En realidad, si cualquier crítico implica una educación, unas lecturas, unas películas, una tendencia dentro de el modo en que analiza lo que lee o ve, en el caso de la verosimilitud la subjetividad es más descarada; más llamativa.
Porque, cuando dicen qué admiten como diálogos verosímiles, en verdad pueden no estar basándose, la mayor parte de veces, en la realidad. Y no sólo ellos. Todos. No basamos en nuestras lecturas, y las películas que hemos visto. Y en cómo dicha literatura y dicha cinematografía nos ha moldeado esos límites de lo que nos creemos y de lo que no.
Si prestamos oídos, en “la realidad” española la gente habla más bien como las series españolas “costumbristas” que como en The Killing. Y es tan verosímil cómo hablan (poco) en esta serie como esa verborrea americana (irlandesa) de The Wire. Los americanos tienen mucha suerte. En su literatura, en su ficción, se han colado todo tipo de herencias; italianas, irlandesas, católicas, protestantes, calvinistas, orientales, latinas…
Y las aceptan todas. Y cada autor opta por aquella que le es más afín. España, no tanto. Los complejos de siempre. Aquí, la que se ha impuesto muchas veces es la mirada hacia Francia, y cierto tipo de obras del país vecino. Aquí, hemos tenido una larga tradición de críticos y analistas que han mirado el cine casi únicamente mediante Cahiers du Cinéma. Y, desde ese ángulo, se ha profundizado, además de en el concepto de autoría, en una consideración específica de la actuación. De cómo se mueven los actores. De cómo dialogan. De cómo se relacionan los personajes.
De este modo, hemos aceptado, por ejemplo, sin apenas cuestionarla, la herencia de la literatura negra, siguiendo a pie juntillas la consideración de “maestros” a Chandler, Hammet, etc. Por eso, a nuestro oído nos parece más “real”, más verosímil, ese modo de relacionarse de antihéroes cínicos, sarcásticos, y de palabra escasa. El extremo de cómo esa novela negra admitió el minimalismo es el polar francés.
Siguiendo estas máximas, el modelo de The Killing (que no olvidemos que es una adaptación de una serie danesa, es decir, de Europa del Norte) sería más “aceptable”, que el modelo de The Wire, donde los personajes hablan bastante, los actores improvisan la naturalidad, y se cuela, como decía, esa forma de ser irlandesa.
Tangente a todo esto, quizá se explica porque se ha recibido a Raymond Carver como un nuevo Mesías. Lo curioso es que el relatista norteamericano sigue a Antón Chejov, pero sólo a cierto Chejov: no al ruso que incluía diálogos naturales, que incluía ese “ser ruso” tan peculiar, lleno de pasión. Es decir, hemos admitido a Carver tan sólo ese minimalismo de la expresividad, y ese “realismo sucio” de cotidianeidades grises de dramas subterráneos ha entrado en el Olimpo de los grandes autores a imitar.
Yo, en cambio, tengo ciertas dificultades para con este acercamiento a la realidad. Como me pasa con el cine de Kaurismaki, por ejemplo. Porque yo vivo donde vivo; vivo en España, vivo en un país mediterráneo, vivo en el sur de un país mediterráneo, donde las pasiones no se ocultan tanto, donde la gente da gritos, donde hablamos mucho (lo que no significa que digamos mucho). Donde la gente hace bromas, es irónica, es sarcástica, critica a los demás.
En este sentido, comprendo mejor, y asumo antes las normas del mundo que nos propone Fellini: su verosimilitud se parece más a lo que se supone que es la realidad. Y no, no sólo me refiero al primer Fellini, ése que encaja mejor en el realismo tradicional (que quizá tomara de los autores literarios). No. Hablo también de cuando en sus historias entró la fantasía, el recuerdo. Toda esa parafernalia nunca me resulta inverosímil. No ya porque enseguida de nos expresan las reglas de ese “otro mundo”. Es porque los personajes hablan y se relacionan de una forma, que, aunque dentro de lo “irreal”, siguen siendo mediterráneos. Cercanos a lo que yo conozco.
Amarcord es un film donde la fantasía, la memoria, y la realidad se entremezclan sin problemas de verosimilitud alguna.
Sin embargo, el gran “autor” italiano, para esa tradición crítica que mencionaba, no es Fellini; es Rosselini o (en su momento, tal vez ahora menos) Antonioni. Directores que ahondaron en ese otra dirección, con tintes de minimalismo, distancia, cierto existencialismo (de nuevo, la influencia francesa). Vamos, lo que se llama “cine moderno”.
Lo curioso es que esta querencia nuestra, de muchos críticos, de muchos “autores” (directores o guionistas) españoles por ser “europeos” (franceses, en verdad) choca de frente a cómo nos ven fuera. Almodóvar triunfa en el extranjero, entre otras razones, porque ha mezclado la tradición costumbrista (vía Berlanga, que también la usó a su modo) con ciertos tics del “gran cine europeo de autor”.
A los americanos, les impresionan las actuaciones que “rompen” con esa “civilizada” forma de ser de los protestantes anglosajones. A nosotros, lo contrario. Odiamos las sobreactuaciones; nos encantan las interpretaciones “controladas”. Como a Ned, en aquel capítulo de A Dos Metros Bajo Tierra, el dolor “hacia fuera”, tal vez propio del sur y del catolicismo, le parece más real que el de su país, del dolor “hacia dentro”, tal vez propio del norte, o del protestantismo.
¿Será que nos gusta lo que no somos? ¿Será que nos da miedo el costumbrismo (sin duda, algo a evitar)? ¿Será que queremos ser lo que no somos?