NUEVA SELECCIÓN PARA CORTOMETRAJE RÍO ARRIBA (2011): FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE INDEPENDIENTE DE IQUIQUE


Nueva selección para el cortometraje Río Arriba, en cuyo guión he colaborado.
En este caso, es en el Festival Internacional de Cine Independiente de Iquique– FICIIQQ 2012. Más información sobre este festival de cine, en su página web.
Hay muchos cortos de animación procedentes de España, lo cual me sorprende y me alegra. Lo que ignoro es si se verán; si tendrán visibilidad, que es lo interesante. Tal vez los Premios Goya debiera abrir las candidaturas a más cortos. Quizá veamos algunos de estos que se verán en el Festival de Cine de Iquique (el nuestro, no; ya estaría fuera de plazo). Además, se hizo sin productora, con programas de animación, mucho tiempo y mucho trabajo. Por eso, tal vez noten un cierto aire amateur, pero tampoco tanto.
El teaser del cortometraje es el siguiente:
Anuncios

¿EL GÉNERO FANTÁSTICO CABE EN TELEVISIÓN? (II) ONCE UPON A TIME, GRIMM


Decíamos que Grimm no tiene aspecto de serie ambiciosa, y que su propio esquema de procedimental (o procedural, según otra terminología) tal vez limitara posibles evoluciones. Sin embargo, en cuanto a lo que el género fantástico se refiere, el concepto de origen aporta ciertas ventajas. El piloto probaba que, de forma intencionada o no, en aquél ya hay dónde escarbar hacia lo incómodo.
Porque los cuentos de hadas, o, mejor digamos, los cuentos fantásticos −los que recopilaran los Hermanos Grimm, u otros − contenían esa transformación fantástica que se hace de lo cruel, violento y hasta tabú de la realidad, para que fueran al final lecciones morales; avisos. Enseñanzas.
En el momento en que se trae de vuelta al monstruo, al lobo feroz, al día a día de hoy, el fondo queda o puede que hasta se amplifique.
Es lo que sucede con el piloto de Grimm: los planos donde vemos cómo observa “el lobo feroz” a la niña secuestrada son de lo más turbadores. Porque la encierra en una habitación “especial” para niños. Porque sabemos que quiere comérsela. Pero también porque “comerse a los niños” en su día, en aquellos cuentos fantásticos, era una forma de hablar de otras cosas igual de incómodas. Unos minutos antes, veíamos que “el lobo feroz bueno”, ese que será el peculiar ayudante del Protagonista el resto de la serie, mostraba su rostro de monstruo cuando pasaban unas jóvenes a su lado.

Grimm no es probable que explore nada de esto. El propio segundo capítulo ya ha confirmado que ha habido ciertas prisas con su rodaje, lo que se percibe en unos efectos especiales muy deficientes, y hasta en algún detalle de guión. Parece que los guionistas han suprimido parte de la violencia. Aunque se da, ésta resulta que se aplica de un “monstruo bueno” contra los “malos”, así como del personaje de Marie Kessler contra su atacante (una escena chocante, pese a todo). Los osos de este segundo capítulo no acaban de dañar a nadie. Pareciera como si el Protagonista llevara camino de ser un trasunto de Audrey Parker, que, en Haven, acaba por integrar en la sociedad a los “diferentes”. Un discurso muy políticamente correcto, pero que expulsa muy mucho cualquier elemento de conflicto tenebroso.
Mientras tanto, Once Upon a Time aspira a mejores resultados, y supone o pretende un sello de calidad como es el que pueden darle dos de los guionistas principales de Lost: Adam Horowitz y Edward Kitsis. Su piloto demostraba un hecho llamativo. Era más sencillo entrar en su premisa que en la de Grimm. ¿Por qué, si pertenecía de igual forma al género fantástico? Tal vez porque Grimm supone que el contexto del personaje al que se le informa de la penetración maligna de ese lado monstruoso y oculto (esa otra realidad) es el real. Y tal vez porque, como nos pasaba con Mirrormask, esperamos que el Protagonista se asombre, se muestre más incrédulo; tarde más en aceptarlo. Tal vez, porque que ese mundo real del protagonista se parece al nuestro, y no estamos dispuestos a aceptar la invasión de los monstruos.
Con Once Upon a Time no existe ese problema. ¿Por qué? Quizás porque ambos mundos están separados. Un tanto al modo de mucha parte de Lost, parece que veremos el presente, y, en flash-backs, mayor información sobre ese pasado (sucedido en esa tierra de los cuentos). Por el momento, no hay choques. Por el momento, la magia (aquí, malvada, en su mayor parte) no actúa en el mundo del niño Henry Mills y su madre biológica, Emma Swan (Jennifer Morrison). Las acciones de la “bruja malvada” parece limitadas (no sabemos aún si por decisión propia o por culpa del hechizo) a ardides “normales”. Además, es interesante que Emma le siga el juego a Henry no porque crea en su fantasía, sino por no dañarlo, y sacarlo a la fuerza hacia una realidad que, en esto coincide con él, incluye una madre cuando menos cuestionable.

Los flash-backs van a ir, se intuye, por un camino atractivo, pero no relacionado de modo estricto con el género fantástico. Se trataría de contar eso que no nos llegó (supuestamente) de aquellos cuentos de hadas: de darnos acceso a las elipsis. A lo que quedaba entre líneas, ya que, al fin y al cabo, los cuentos (ya lo vimos aquí) como los de los Hermanos Grimm son cortos y poco profundos: sin espacio ni tiempo para personajes; sólo para “tipos”. Once Upon a Time nos ha mostrado de momento el dolor de la propia bruja malvada cuando fracasa (es decir, una continuación del cuento; un “qué le pasó”), o cómo Blancanieves sobrevive en el bosque antes de los enanitos. En el tercer capítulo ya se apunta, con un cambio de roles, que habrá un poco de reinterpretación posmodernista, y las princesas y otras mujeres tendrán una postura más activa.

Pero ambos universos no se encuentran; el pasado y el presente están bien separados. Por el momento, lo más cercano a lo inquietante ha sido conocer al señor Gold (Rumpelstiltskin, en el mundo de los cuentos), porque (y no sabemos si esto es una contradicción, o una posible vía para conflictos potentes) tiene más poder que la propia bruja malvada. Y, claro, porque Robert Carlyle es un actor estupendo (como ya probara en Stargate Universe).

Una manzana es un símbolo estupendo que apoya lo que sucede en esta escena. La toma del árbol de la bruja malvada, sin pedir permiso, la muerde, y luego la tira. ¿Quién es, pues, el verdadero rey del nuevo reino?

Mientras ambas series continúan sus andaduras, habrá que continuar atentos. Porque parece que el género fantástico, si incluye lo que tiene de aterrador y descubridor de otras realidades, parece que tiene menos espacio del deseado en televisión.

NUEVA SELECCIÓN PARA RÍO ARRIBA (2011): FESTIVAL CIUDAD ZARAGOZA


Río Arriba ha sido seleccionado en otro nuevo festival.
Y además nos coge más cerca de casa: el festival de Jóvenes Realizadores Ciudad de Zaragoza. Río Arriba paticipará en el X Certamen de Cortometrajes de Animación.
Además, uno de los actores del corto ha hablado del proyecto en esta entrevista.
Jaime Astuy, uno de los actores de El Internado. Participar en el corto en el papel de Juan.
Seguiremos informando.

¿EL GÉNERO FANTÁSTICO CABE EN TELEVISIÓN? (I) GAME OF THRONES, GRIMM, ONCE UPON A TIME


A raíz de este post de Miss McGuffin, y del propio visionado de dos series de reciente estreno (Grimm y Once Upon A Time), le he venido dando vueltas a esta idea. En principio, la clasificación por géneros sería muy aleatoria, y tampoco tiene por qué afectar a nuestro juicio sobre la calidad. Sin embargo, indagando, cabe preguntarse cuánto de fantástico tiene lugar en la ficción televisiva, y el que hay cumple de veras con todo el potencial de este género.
De esta entrevista con el crítico Tomás Fernández Valentí, extraigo una definición del género fantástico algo desafiante.

“En principio no debe someterse a las reglas empíricas de la realidad […] De este modo, el fantástico tiene la capacidad de explorar lo que no se ve, lo invisible, lo intuido; es como una proyección de la psique humana más allá de los límites de lo orgánico. El cine fantástico remueve “algo” en nuestro interior que no remueven otros géneros más, digamos, a ras de suelo, y que cuesta de definir.”
Digamos, pues, que en este sentido, sería un fantástico que se codea con el terror, en cuanto a que sacude un tanto al espectador y le enfrenta a rupturas con su “realidad”. En ese caso, habríamos de asumir, que el fantástico que no actuara de este modo caería del lado de esa parte del género menos interesante. De ese más plano y vulgar, del que habla este mismo crítico en esta otra entrevista.
Sin caer en extremos, algo de ello hay. Veamos. Si un film o una serie de género fantástico nos sitúa en un universo diferente de primeras, la ruptura es improbable. La única posible excepción es que dicho mundo posea unas reglas tan diferentes a las nuestras que fuercen al espectador a una revaluación continúa de qué es “normal” en él, y lo diferente que es dicha “normalidad” de su propio universo; el nuestro, el “real”. Estas apuestas son arriesgadas, e implican que el mundo retratado nos responda a unas lógicas comunes. Es lo que sucede, con un ejemplo audiovisual, en esos momentos extraños de parte del cine de David Lynch. Que dentro de tu propio apartamento lujoso exista un pasillo oscuro de la forma que él lo rueda en Carretera Perdida (Lost Higway) aporta inquietud; que un personaje pueda ser dos personajes rompe la lógica. 
No vamos a encontrar eso en el género fantástico al que el audiovisual está más acostumbrado. Ni siquiera en cine, donde El Señor de los Anillos sería el caso más significativo. Pero la trilogía de Peter Jackson reproduce un tiempo y un espacio habitado por la magia, donde, una vez aceptado este detalle, el espectador puede sentarse plácidamente a seguir las aventuras del Bien contra el Mal. Esto no es una crítica negativa al conjunto (y estos films tienen mucho reivindicable, justo en esa recuperación de la mítica), sino una constatación de que es un tipo de fantasía más acomodaticia.
A Games of Thrones le sucede algo similar. Pese a una primera escena −tramposa por esto mismo− donde parece que la Trama trata de magia (y terror), el resto de la serie navega por un mundo feudal con peculiaridades diferentes de la realidad, pero donde el camino tomado es ese barbarismo también perteneciente al género de fantasía heroica, y del que habla Guzman Urrero aquí. Y donde el elemento mágico aparece aquí y allá, sin (al menos en su primera temporada) alcanzar categoría relevante.

Un principio estupendo… que capítulo tras capítulo va desvelándose como un enganche algo tramposo.
El Señor de los Anillos contiene y pretende ese potencial mítico de las sagas artúricas, e incluye (aunque no hasta sus última consecuencias) también el aspecto “bárbaro”. Game of Thrones incide mucho más en esto segundo. A ratos, uno se pregunta si HBO pretende que la violencia, los desnudos y el sexo implican de modo automático que esta ficción es “más adulta”. Al tiempo, El Señor de los Anillos utiliza (al menos en la versión de Peter Jackson) ese otro derrotero que describe Urrero; el del énfasis en “lo maravilloso”.
“La historia interminable (1984), de Wolfgang Petersen; Legend (1985), de Ridley Scott; Lady Halcón (1985), de Richard Donner; y Cristal Oscuro (1983), de Jim Henson y Frank Oz, insisten en la dimensión maravillosa y fascinadora de este tipo de relatos.”
Visto así, parece que los grandes intentos del audiovisual hacia el fantástico podrían dividirse en estas posibilidades, que pueden mezclarse. Relatos míticos; relatos violentos y más “realistas”; relatos puramente “maravillosos”. Y, sin duda, hay que celebrar que cadenas como HBO propongan acercamientos diferentes (aunque su diferencia se limite a esa violencia más cruda).
¿Y qué sucede con Once upon a Time y Grimm?
Grimm es un procedimental (o procedural, según otra terminología) que aparenta pocas ambiciones, y una única base en el “high concept”. Sin embargo, tiene lugar en el mundo real. Y el punto de partida contiene mucho de ese fantástico que cuestiona un tanto la realidad. Eso que tal vez defina el género, como afirmaba Valentí. De hecho, la revisión, la visión de dicha realidad, ahora con otros ojos, es una metáfora hecha realidad en el protagonista. A Nick Burdhardt le sobreviene la herencia de poder ver a los monstruos.
Ciertamente, como decía Miss McGuffin, el actor protagonista no parece el más adecuado. Y el hecho de que se emita en una cadena en abierto impide que la serie se arriesgue por derroteros incómodos. Con todo, hay más de lo que se esperaba, a la vez que Once Upon A Time, con más ambición, y en verdad más interesante en su conjunto, tiene más de un problema para conciliar (o enfrentar) esos dos mundos; el de la fantasía y el de la realidad. 
Todo esto lo veremos en un próximo post. Pero mientras, vayan opinando.

NUEVA SELECCIÓN PARA CORTOMETRAJE RÍO ARRIBA (2011): INTERNATIONAL FILM FESTIVAL KIFF, NIGERIA.


Nueva selección para el corto Río Arriba, en cuyo guión he colaborado.

International Film Festival (KIFF), Nigeria. Más información, aquí.

Ha sido una experiencia muy productiva, trabajar sobre la historia de otra persona. Se aprende mucho, y, sobre todo, se aprende a trabajar en equipo. Con sus renuncias, claro, pero también con sus recompensas.
Y siempre es un lujo que en un proyecto colaboren profesionales tan buenos, tan humildes, tan efectivos.  Nadie nos podía haber anticipado que íbamos a contar, como soñábamos, con la voz de Morgan Freeman. Es este señor de aquí: Pepe Mediavilla.
Pero tampoco olvidamos al gran Jaime Astuy, un chico joven, sencillo, pero que se toma en serio lo que hace. Muy en serio. 
En fin, seguiremos hablando de este corto, de su proceso de escritura, de su realización, del doblaje…
El teaser del corto es el siguiente:

Para más información, también podéis mirar aquí.

GUIONECES: LO QUE TAMBIÉN CONSTRUYE UNA HISTORIA: SENTIDO DE LA MARAVILLA


Sigamos viendo esos extras, esas especias, que le dan sabor, y que sostienen también una ficción.

2. El sentido de la maravilla.

Si en lo anterior jugábamos con una sección más racional de nuestro cerebro, aquí nos desplazamos al terreno de la imaginación. No abandonamos la comparación con los niños, porque la ficción y la edad infantil se entrelazan mucho más de lo que creeríamos (prueben a contarle una historia improvisada a un niño, que notarán qué exigentes son). Si, decíamos, que al niño le azuza la curiosidad (racional) por cómo funcionan las cosas, no menos le estimula el conocimiento de mundos maravillosos. Lugares imposibles. Personajes de otros planetas, o de otras realidades.
Eso nunca desaparece cuando somos adultos.
Doctor Who juega con esto de manera magistral. Nuevos mundos; otros tiempos. Diferentes razas; distintas amenazas. Pero también espacios bellos (como Nueva Tierra, en el capítulo 1 de la Segunda Temporada) o terroríficos (como el planeta imposible del capítulo 8 de esa misma temporada; o esa superficie brillante pero mortal que visitan los turistas en Medianoche, el capítulo 10 de la temporada 4).

New Earth. Bueno, siendo específicos, como diría el Doctor, New New New New New Earth
El Planeta Imposible: ciencia fantasiosa, ciencia posible, y un monstruo que no sabemos a qué género pertenecería en realidad.
El propio Doctor es un niño grande que es capaz de contagiarnos una sensación de aventura al grito de su conocido “Allons-y”.
Ciertamente, este sentido de la maravilla no sostiene del todo series como Warehouse 13 (penosa, la dirección que está tomando la tercera temporada). Y hasta se puede hacer gran ciencia ficción sin él: pienso en Torchwood: Miracle Day, aunque habría que revisar si al cabo pertenece a este género o no (el tema no siempre determina el género, que diría Carlos Losilla en un libro que recomienda vivamente). Pero la libertad que respira y transmite una historia donde más de lo común es posible aporta mucho al espectador. Y eso requiere el significado más literal de la imaginación: crear imágenes poderosas, misteriosas, seductoras.
Es probable que estos dos elementos caduquen un tanto en su efectividad tras un primer visionado, tema interesante que mencionaba el compañero de La solución elegante en su twitter. De todos modos, como indicábamos, ninguno de los dos por sí mismo sostiene una ficción. Pero ambas pueden añadirle vida, e interés. De hecho, pueden combinarse. Uno de los fallos que más me han molestado de la tercera temporada de Fringe ha sido que no nos ha dado mayor acceso acerca de cómo de diferente es ese otro universo. Si se hubiera combinado la curiosidad racional con el sentido de lo maravilloso, tendríamos que las posibilidades reales de esta historia serían aprovechadas al máximo.

Un ejemplo opuesto sería Juego de Tronos. Ha apostado por los caminos derivativos para una serie que tiene más de novela (donde cabe eso, la derivación y la descripción, y se soporta mejor que en un relato corto; ya hablaremos de esto otro día) que de narración pura y dura, y todo, lo aguantamos (más o menos; yo no soy de los mayores fans de la serie) justo porque los autores han respectado la pretensión del escritor de las obras en que está basada la serie: abrirnos la puerta a un mundo (fantástico) donde requerimos cierto tiempo para saber cómo funciona. En este caso, la conjunción de sentido de la maravilla (un universo diferente) y la curiosidad racional (el funcionamiento interno de dicho universo) sí es acertada (si bien un tanto excesiva, y no del todo justificada).

PRIMEVAL. GUIÓN Y PRODUCCIÓN: DEPENDENCIA


Viendo la terrible evolución en que ha desembocado la cuarta temporada de Primeval, me pregunto si la calidad de los guiones no depende, también, de un concepto de serie. Sobre todo cuando no procede del todo de uno o varios guionistas sino de departamento de producción.

Monstruos y dinosaurios

Primeval era una serie simpática. Con una idea interesante como punto de partida: agujeros temporales que permitían que seres de cualquier tiempo pasado (luego, más adelante, también del futuro) penetraran en el tiempo actual. No, claro; no era Battlestar Galactica.

Ni los personajes eran mucho más que arquetipos (el jefe estirado so british; el nerd o geek con problemas de relaciones, etc), ni los capítulos eran un alarde de originalidad. La clave, tal vez, para que se mantuviera el interés estaba en algo quizá ajeno al canon del guionista, aunque no del todo descartable.

Llamémoslo el afán por “lo maravilloso”. Eso que nos mueve en el género fantástico o de ciencia ficción. Eso que nos atraigan esas invitaciones a mundos que crecen y se desarrollan con sus propias normas.

Luego, además, introdujeron una buena némesis; esa doctora con un plan secreto que no hacía sino complicarle la vida a los protagonistas. En ese caso, tuvieron un acierto: no retrasaban una y otra vez darnos nueva información sobre dicho plan. Poco a poco se iba desvelando.

Pero, o bien se acabó el dinero, o bien lo hizo, pero no se acabaron las ganas de recuperar lo invertido dinero.

Hannah Spearrit

Hannah Spearrit. Otra razón, más pueril, para seguir viendo la serie, si eras espectador masculino.

Con una detectable merma en la inversión en los efectos especiales, hay escenas en las que el guión, de acuerdo, no tiene por qué verse afectado. De hecho, lo común es que las escenas de acción ni siquiera se escriban, anticipando que dirección y producción alterará el dónde y el cómo.

En el capítulo 4 de Primeval de esta cuarta temporada, por ejemplo, que se requiera el recurso (un poco manido) de luces estropeadas que se encienden y se apagan, para que el enfrentamiento con el monstruo digital (y los insertos donde éste es sólo un muñeco), es más una solución de ingenio, y de producción, que una carga para la historia.

Sin embargo, Primeval se contradice desde que sus responsables (o los de la cadena, ITV) decidieron que cada capítulo insistiría justo en aquello que les trae estos problemas de credibilidad. Así, los guiones son una sucesión de set-pieces.

Ésas en las que tan bien destaca Steven Spielberg. ¿Recuerdan el primer ataque del T-Rex en Parque Jurásico o la escena con los niños y los Velociraptores en la cocina? Dos set pieces que salvan una película. ¿Y saben qué? Spielberg le dijo a su guionista que se las dejara a él.

Pero Primeval es una serie. Con un argumento recurrente. Y sólo hay un número relativo de posibilidades en un esquema que es “monstruo-que-persigue-a-alguien”.

Así, las set-pieces como mucho prueban los esfuerzos de producción porque aquello no resulte ridículo.

Sin embargo, ocupan tanto metraje (tantas páginas de guión) que no hay para más. Ni historia, ni trama, ni personajes.

Tal vez en todo ello influya que la serie naciera, además de una idea argumental, de una idea de producción: la que tuvo el que era el mismo productor de Walking with Dinosaurs. Utilizarán aquello ya realizado para esta serie para esos animales que se colaban por “las anomalías”.

Ahora bien, como modo de financiación, como ahorro, como, de nuevo, concepto de producción es hábil. Sin embargo, una vez introduces el qué, y los capítulos se acumulan siendo meros cómo (cómo atrapan al animal y, o bien lo devuelven a su tiempo, o bien lo cazan), mejor te preocupas por el quién (o quiénes) y por el por qué.

Tras tres temporadas, todavía nadie ha dado siquiera una hipótesis de por qué suceden las anomalías. ¿Recuerdan la impaciencia y las decepciones entre los seguidores de Lost? Pues eso. Y, al menos, allí el género, al cabo, de ciencia ficción tenía tantos elementos como de cine fantástico. Me da que en la ciencia ficción más pura necesitamos más respuestas razonadas.

El precio por estos descuidos es que la serie llegó a cancelarse.

Más extraño resulta que volviera, cuando los mejores capítulos, estaba claro, ya habían sido emitidos, hacia mucho (por ejemplo, aquel del tigre dientes de sable, con su giro inesperado) los nuevos no iban por el mejor camino posible. Se olvidaba la exploración de todas esas posibilidades que dan lo de los viajes en el tiempo, dando lugar a aquel giro tan curioso (y por fin, con efectos en los personajes) donde un miembro del grupo era “alterado” en el pasado para que nunca llegara a conocer a los demás.

La tercera temporada aportaba una nueva visión sobre las anomalías (sin explicarlas): las criaturas contenidas en mitos y leyendas no eran sino resultado de encuentros entre personas de otras épocas y seres para los que no tenían respuesta. Y ahí comenzó el declive absoluto de la serie.

Entre las “perlas”, un final de temporada que resolvía ciertos misterios (y un arco argumental) pero que abría y acrecentaba un cliffhanger poderoso… para resolverlo en 15 minutos en el primer capítulo de la siguiente temporada.

Desde aquí, ya lo digo, y si quieren, hasta lo subrayo: no crees un obstáculo para un personaje que parece insalvable para el suspense, si después dicho obstáculo se supera con facilidad, casualidades, y rapidez.

Eso no es suspense. Es una tomadura de pelo.

Conviene que sacudamos un poco el mito de que el Reino Unido tiene una especie de talento exquisito para la calidad en series televisivas. Por otro, nos recuerda que, al final, los guionistas escriben lo que pueden; lo que les dejan.