SOUTHLAND: PRIMERA, SEGUNDA, TERCERA TEMPORADA. ANÁLISIS (II)


Decíamos que el foco de Southland estaba en los personajes. En general, sería su punto fuerte, en especial a partir de la tercera temporada cuando, quién sabe, algún supervisor de TNT empezó a revisar guiones, o el propio concepto de la serie. Al final, hablaremos un poco más sobre esto.
Sin embargo, más que una buena construcción, lo que prima son situaciones, escenas, que están bien construidas. Y, sobre todo, bien rodadas.
Un ejemplo. En el capítulo 1×03 (See the Woman), uno de los detectives charla con la hermana de una víctima. Pasan de la risa al dolor en apenas unos segundos.
El detalle de cómo, al fondo, la cámara nos permite ver la preocupación en la detective Lydia Adams, es lo más interesante. Porque es un matiz peculiar. Y porque expresa una posibilidad que parece que viera el director… pero no el guionista, ya que no se explota.
Es significativo que sea uno de esos pocos momentos donde el crimen tiene rostro y Southland se detiene en el sufrimiento de los afectados. No será, ya lo decía en el post anterior, la tónica común. Tal vez porque no haya tónica común en realidad, como ya veremos.
La poca originalidad (es probable que asumida, como asumido pueda ser el poco alcance de la serie) de cada caso, y la inclusión de hasta tres de ellos en cada capítulo hacen que estos episodic plots no tengan apenas interés. Los hemos visto antes, y su tratamiento tampoco ayuda a individualizarlos. Sin víctimas, incluso menos.
A veces, uno sospecha que estos casos, su aparición, es utilitarista: se usan. Tienen una función. Bien, lo sabemos. Lo cierto que en esto es habitual en cualquier guión: todos, o la mayoría, incluyen situaciones para que el personaje se revele. Es, en verdad, una de las mejores formas de hacerlo: frente a acciones, y realizando acciones.
Lo que sucede es que en Southland es demasiado evidente. No tiene ni la habilidad de que posponga en el tiempo (en capítulos posteriores, donde haya continuidad) el contraste de la vida personal. Tampoco hay tiempo entre las reflexiones y posturas morales de cada personaje y el choque con lo que les sucede. Un ejemplo. El capítulo 3×02, en una escena, el detective Danny expresa su opinión sobre cómo la culpa de la delincuencia es de los padres, y por eso, cuando los padres se preguntan por qué, por qué, por qué sus hijos han muerto en una reyerta, deberían preguntárselo a sí mismos.
En la escena inmediatamente posterior, él y su compañero acuden a donde han encontrado un cadáver. Y aparece una mujer, la madre del asesinado, que grita y grita “¿Por qué?” ¿Por qué?”
Esto es demasiado obvio. 
Luego, tenemos un cuidado escaso o discontinuo por esos arcos de los personajes. En parte, esto se debe a ciertas irregularidades de la producción. O bien NBC no la cuidó, o bien el paso a TNT no se ha estabilizado hasta la tercera temporada. Hay personajes que han desaparecido sin explicación alguna (como el interpretado por Amaury Nolasco), y otros que han ido y venido sin saberle dar una entidad propia, más allá de esa funcionalidad. El antiguo compañero de la detective Lydia Adams vuelve sólo para crear conflictos en ella. Sin embargo, al tiempo, esto no la cambia de modo relevante. El primer compañero que tuvo se mete en unas clases de escritura, en pos tal vez de una aventura pero esto no se desarrolla.
De modo, que me topo con esta contradicción. Por un lado, Southland apostaba por una vía concreta: no confiar en los casos, en los episodic plots, como hacía Law and Order y Law and Order: Special Victims Unit. Por otro, los personajes sólo crecen y evolucionan en los márgenes cerrado de cada capítulo. En otras palabras: falta la continuidad.
Un caso específico: la detective Lydia Adams (uno de los mejores personajes, aunque yo diría que es más bien cosa de la actriz, Regina King) tiene enfrentamientos con sus superiores en el capítulo 1×04 (Rally in the Ally) ¿Tiene esto continuidad en posteriores episodios? No. Hasta el punto de que dicha superior incluso desaparecerá; no veremos más a la actriz.
Sin continuidad, los elementos que definen un personaje no pueden mantenerse, ni enfrentarse a problemas o conflictos. Volvamos a la detective Adams. Por aquel capítulo 1×04 creeríamos que es alguien que se implica en sus casos, hasta el extremo de enemistarse con sus superiores y “el sistema”. En el momento en que esto no tenga continuidad… ¿qué define al personaje?
Si la progresión se circunscribe a un capítulo, ¿cómo no caer en contradicciones? Por ejemplo, más adelante, Adams hablará de su ex compañero como alguien que se implicaba mucho con los casos… ¿Él, y no ella? No es lo que vimos. Pero, como digo, cuando no hay continuidad, no hay un personaje realmente. Por eso es tan complicado que, entre un número tan amplio (que luego decrece en la tercera temporada) de personajes, saber de veras quiénes son. Qué les mueve. Qué les preocupa.
Tres temporadas con el detalle recurrente del problema de espalda del agente John Cooper parecen demasiadas. Tres temporadas donde la relación entre este y el novato agente Ben Sherman se desarrolla con conflictos y acuerdos dentro de cada capítulo pero sin que crezca de veras en cada temporada, y entre ellas, parece demasiado. A veces, parece que la discusión y la resultante empeorada relación que tuvieron Cooper y Sherman en un capítulo anterior se olvida completamente en uno que vuelve a tratar a estos personajes. Otras veces, la actitud de Cooper con otros personajes son cambiantes y no por sus dolores de espalda precisamente. 
Sólo en la tercera este error parece que se corrige, y por fin se orienta hacia una progresión (aunque no todo el tiempo). Para ello, se paga un precio con algún resultado negativo colateral. Para centrarse en sólo un número fijo de personajes (¿para evitar la dispersión y esa primer sensación de caos?), han eliminado la relevancia de otros que tenían un recorrido en temporadas previas. Por ejemplo, el detective Daniel Salinger. No ha desaparecido, pero su importancia ha disminuido mucho, cuando fue un personaje casi fundamental en más de un momento de anteriores temporadas. Otras veces, esto adquiere extremos absurdos. La hija del detective Nate Moretta desaparece a partir del momento en que este (aquí, spoiler) muere, pese a que sí seguimos viendo cómo afecta dicha muerte a su esposa y su otro hijo. 
¿Otro problema, notable en las dos primeras temporadas sobre todo? La indecisión. A ratos, parece que Southland va hacia la crítica al sistema, como en aquel capítulo 1×04 pero también, en parte, en el 2×01 (Phase Three). A veces, parece que será un retrato de la policía en su día a día. Como sucede en el 01×05 (Two Gangs) donde Cooper y Sherman acuden a llamadas absurdas (muy probable que inspiradas en la realidad, y aquí, qué extraño, sí son más originales y peculiares). En otras ocasiones, parece que será un retrato más amplio, incluyendo sus vidas privadas (como la trama del detective Clarke con su esposa). Terminada la tercera temporada, uno no sabe cuál sería el sendero definitivo. 
La serie no alcanza a distanciarse de esas otras series que la han precedido en otro aspecto que creo importante. Como Law and Order (y algo menos Law and Order: Special Victims Unit), Southland hace que, en ciertos casos y situaciones, los personajes “representen” posturas y opiniones. Esto ya es de una ingenuidad llamativa, además de un vicio de la ficción que podría evitarse. En especial, cuando shay escenas enteras donde se enfrentan opiniones mediante personajes, como aquella del capítulo 3×02, cuando se Danny y Josie discuten temas de racismo, bandas, etc.
O la propia sentencia (un tanto cliché) de John Cooper, del capítulo 2×03 (U-Boat)
Everyone, when they get out of the academy, they think it’s all black and white. But you know what? It isn’t. We live in the grey. We live there.
Aquí, vuelvo a tropezarme con incoherencias. Porque ese tono, eso de las frases o diálogos con pretensiones, alejaría a los autores de Southland de la levedad del conjunto final. ¿Entonces?
¿En qué liga juegan, de veras? ¿Pretenden ser serios, como sus “hermanas mayores” de HBO o AMC?
Otro detalle apoyaría esto. Todos los capítulos comienzan con un in media res que se acaba congelando un plano donde una voice over “resume” el posible tema de cada capítulo. Con un tono que parecería que aspira a la gravedad.
Por tanto, ¿posibles aspiraciones de ficción “seria” que, a la vez, descuida el matiz en los personajes, o en los discursos que presentan, y que, en fin, descuida la evolución dramática, y los propios elementos narrativos?
¿O serie que prefiere las vignettes impresionistas, el caos y el retrato por encima, sin pretensiones?
Yo aún no lo tengo decidido.
¿Hay posibles ventajas de toda esta serie de decisiones peculiares, contradictorias o ineficaces? Sí. A diferencia de The Wire, que tenía un propósito tan claro que a veces rayaba en lo didáctico, Southland no logra un mensaje rotundo.
Tal vez no lo pretendiera, pero el resultado es que no sabemos si los policías son buenos, son malos, son listos, son idiotas, si el sistema funciona o no. Claro que tampoco sabemos bien cómo son los personajes. Algunos de ellos, además, se definen apenas por una o dos circunstancias. El hecho de que haya existido esa irregularidad respecto a si se muestra o no su vida familiar (y por tanto, se nos ofrecen matices y conflictos distintos, mediante los cuales tenemos más información sobre el personaje) ha sido parte del problema. Aun así, tampoco en la tercera temporada los personajes se han abierto mucho a la complejidad. Cooper sólo tiene como conflicto casi definitorio el problema con su espalda. Sherman, el de ser novato con procedencia de buena familia. El peor de ellos, por exagerado, es Dewey, el policía alcohólico que es igual de histriónico antes y después de la rehabilitación.  
Ahora bien, a medida que avanza la tercera temporada todo esto va desapareciendo. Y los primeros capítulos de la cuarta (esto ya queda para otra serie de posts) indican que esta vez sí se dirigen a un concepto más claro; más dirigido. Parece relevante que el primer capítulo de la tercera se centre en dos casos solamente (aunque aún son tres subtramas, la tercera de las cuales incluye un tiroteo poco necesario) y haya suficiente tiempo para darles algo más de relevancia (lo de la originalidad, es una batalla perdida en cualquier procedural). Es decir, pareciera que se recupera el elemento narrativo.
Luego, habría que sopesar si Southland nació con un concepto y una pretensión (confusa o no; conseguida o no) pero luego se ha transformado en otra serie.
Tal vez haya que empezar a verla desde esta tercera o incluso desde la cuarta, obviando las anteriores. En todo caso, tal vez sea un buen ejemplo de cómo los aspectos externos a una serie (producción, problemas con actores, problemas con la cadena) afectan de veras al desarrollo de una ficción.
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SOUTHLAND: PRIMERA, SEGUNDA, TERCERA TEMPORADA. ANÁLISIS (I)


Por medio de las recomendaciones usuales que leo en blogs o escucho en podcasts, he estado viendo las tres primeras temporadas de Southland, de la cadena NBC en un primer momento, hasta que otra cadena, ésta, no abierta, TNT, se ha quedado con esta ficción.
No he conseguido comprender cuáles son sus virtudes. O, mejor dicho, no consigo que éstas no se vean superadas por diferentes aspectos que encuentro problemáticos, como poco. Y no niego que haya ideas, momentos, escenas y, sobre todo, planos destacables (a ratos creo que Southland está mejor dirigida que escrita). Es decir, hay valores admisibles, si bien han crecido hacia la tercera temporada.
Vaya por delante que asumo que, aunque el nivel de la televisión (de sus ficciones) sea alto, esto no significa que sometamos al mismo rasero a cualquier serie. Eso sí, tampoco ninguna serie nace sin contexto, ni sin antecedentes o antecesores. Y cualquiera quizá deba partir de esta circunstancia para definirse o distinguirse. 
A mí me resulta interesante los motivos por los que una premisa y una ambición tan limitada como la de Southland (como sus resultados; sobre sus intenciones, ya hablaremos y haremos hipótesis) haya tenido este recorrido. 
Primero, empezó con el objetivo de ser mayoritaria, en la NBC. Luego, cuando esta cadena en abierto la descartó, pasó a la TNT; pero sin que, para el que esto suscribe, la serie haya cambiado demasiado en tono o aspiraciones. Puede que la cuarta se atreva al desarrollo de algunas pistas de mejora en la tercera.
Como no es un elemento de fácil evaluación (y tampoco es que tenga mucho peso en las críticas, me temo), obviemos la originalidad. Southland es un policial procedural con un tanto más de adrenalina y afinidad con la realidad de la cámara movida. Nada más. Cuando esto tenía como meta una cadena generalista como NBC (y normalmente, tan poco acertada en elegir ficciones en los últimos tiempos), puede que se entendiera. Lo curioso es que NBC sabe bien de procedurals exitosos, mediante la franquicia Law and Order (Ley y Orden), cuya serie matriz y un derivado como Law and Order: Special Victims Unit (Unidad de Víctimas Especiales) llevan acumuladas un alto número de temporadas.
Claro que se trataba de otros tiempos, cuando los procedurals no tenían tanta competencia, cuando HBO o AMC todavía no habían introducido sus peculiares revoluciones en el medio. Entonces, un procedural no sentía necesidad de una trama general ni de los personajes evolucionaran. Es lo que ha acabó matando a Law and Order: Special Victims Unit. Una indecisión por si cada caso seguía cerrándose, produciendo efectos y reacciones en los protagonistas, pero no evoluciones, o si se creaba un arco de personaje por cada temporada.
Puede que Southland pruebe el camino opuesto, porque aquí todo se dirige a los personajes. Pero en cualquier caso es una apuesta extraña, por incompleta.
Si la serie sigue, digamos, como hipótesis, la vía del cuidado dramático que llevan a cabo “las grandes”, choca con varios problemas. Uno, la levedad de lo narrado. Otro, consecuente con esto, la falta de matices y sutileza para con el retrato de personajes.
Southland se centra tanto en ellos, que, al cabo, el elemento narrativo se pierde. Esto de por sí es interesante, porque puede no quedar tan lejos (y reflejar, por tanto, sus limitaciones) de ese olimpo incuestionado de lo que es la calidad en cuanto a series de televisión. ¿Un caso reciente? Game of Thrones (Juego de Tronos, HBO, 2011).
Esa levedad de la que hablamos puede ser intencionada. No lo sabemos. Southland consiste en una serie de vignettes sin demasiada hilazón, a excepción de los propios personajes y sus vidas privadas. Puede que su intención fuera ésa. Usando sus mismas armas, oponerse a las “grandes ficciones”, y realizar una serie mediana. Aquí no vamos a encontrar un concepto demasiado elaborado como premisa. Desde luego, nadie exige que los policíacos tengan el mismo concepto ambicioso que The Wire. Lo que sí me cuestiono es si no es, cuando menos, necesario que exista algún concepto…
Puede que sea, suponiendo, que la premisa sea esa de una serie que ficcionalice la estética de esos programas reality que siguen a policías verdaderos. Aunque, si la operación iba a ir por ciertos tópicos ya demasiado explotados, no sé si no hubiera sido mejor dejar a esos realities originales.
Puede que sea − supongamos, de nuevo− que estas vignettes pretendan dar una imagen de conjunto. Sin embargo, como tal, es defectuosa. No ya porque esté lejos de la amplitud y el sentido social de The Wire, sino porque sólo se circunscribe a los policías y detectives.
Sea por el ritmo, sea por la amplia cantidad de personajes dispuestos, el hecho es que Southland se distingue de aquel procedural, Law and Order: Special Victims Unit. Con todos sus defectos, aquella serie se fue definiendo por un sentido; un tema o una pretensión. Las víctimas. Hacerlas relevantes, importantes, casi protagonistas.
En Southland, apenas hay ocasión para detenerse en las víctimas. Es lo que encontramos en las últimas temporadas de otro procedural (menos obvio como tal): House. En la serie de Fox, los casos, los enfermos, los afectados, cada vez han tenido menos relevancia. Esto es una dirección lógica; de los episodic plots a arcos de desarrollo de personajes cada vez de mayor peso en cada temporada (normalmente, han sido dos por cada una). Southland, en cambio, ha empezado ya desde ahí. Desde el principio los casos (unos episodic plots) que nunca se han cuidado de que sean significativos. No ya porque no hubiera espacio para las víctimas (esta es una opción tan válida como cualquiera), sino porque nunca gozaron de verdadera dedicación.

Desde el primer momento, pues, parecería que el objetivo eran los personajes. Y esto conduce a una posibilidad: que un objetivo subsiguiente fuera la humanización de los policías de Los Angeles. Que sean comprendidos, que se produzca una empatía con el potencial espectador de Estados Unidos. Bastante conservador, entonces; y en las antípodas de una serie como The Shield, que se atrevía a situarnos del lado de los policías corruptos, y donde había de todo menos corrección política. La serie de Shawn Ryan, de paso, hacía un retrato igual de realista (o más) de las calles de Los Angeles, sin necesidad de toda esa parafernalia técnica de cámaras en ángulos imposibles de Southland. En aquélla, además, ya estaba esa cámara inquieta; lo que prueba, de nuevo, que esta serie de la TNT tiene demasiados antecedentes que no ha tomado en cuenta para distinguirse.

Seguiremos en próximos posts. Veremos los problemas en el tema dramático, y cómo la tercera temporada parece que lidia de maneras menos obvias con ello. 

LEY Y ORDEN: VÍCTIMAS ESPECIALES. Últimas temporadas


No puedo negarlo. Estoy decepcionado. Las últimas temporadas de Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales apenas tienen posible defensa.
Hay series que a uno le resultan simpáticas, y no sabe bien por qué. Puede ser porque las descubres sin que nadie te haya hablado de ella o te la haya recomendado. Tal vez, porque, en ese momento en que empezaste a verla, tu ánimo te predisponía a cierta empatía. A mí me pasó con Ley y Orden: Unidad de Víctimas especiales.

Es uno de los spin-offs que nacieron a partir de Ley y Orden, una serie que acaba de cancelarse, pero tras, atención, 18 temporadas. Yo llegué antes a estos spin-offs (también la que se llama Acción Criminal) que a la cabecera de la franquicia. Una vez que ví algunas temporadas, pude dar cuenta de que había más divergencias que coincidencias. Sobre todo, a partir de que cambiaban los executive producers y los jefes de guiones.
El esquema original es la de un procedural sumado al género de juicios. Se comete un crimen, la policía trata de resolverlo, atrapa al autor, y entra en liza la fiscalía, que trata de que pague. Otro elemento distintivo es que se rueda de verdad en el escenario que refleja: Nueva York. En el caso de la serie “base”, lo más interesante solían ser las argucias, legales y políticas, de los abogados defensores, que, a su vez, causaban una respuesta igual de complicada o retorcida en los miembros de la fiscalía. El “giro” que supuestamente definía Ley y Orden no era tanto esa mezcla de géneros, como una pretensión: las tramas “pegadas a la realidad”. A partir de noticias de casos raros, relevantes o polémicos, se inventaban episodios.
Esto producía un problema importante. Ley y Orden pecaba de pedagogía. Con un ideario político más demócrata que republicano, se hablaba de los “grandes temas” –aborto, homosexualidad, armas, inmigración, etc- aunque con situaciones concretas, algo extremas y conflictivas. Algo de ello se transmitió a Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales. Y eran los peores capítulos. Sonaba falso eso de que varios de los inspectores se pusieran a debatir con la fiscal o entre ellos, sobre si la defensa que articulaba el abogado correspondientes era justa o no. No colaba lo de “y usted opine lo que quiera”. Como en Ley y Orden, además de pedagogía, había, al cabo, un punto de vista ideológico bastante claro. Por algo, el que era ayudante del fiscal (Sam Waterston) era un demócrata combativo.

En Víctimas Especiales, lo interesante era más bien ir conociendo a los inspectores. En particular, los que han adquirido, con los años, el papel protagonista: Elliot Stabler y Olivia Benson. A través de sus ojos, uno podía compartir el horror, la angustia, la compasión. Porque, seamos claros, esta serie suele ser una patada en el estómago. No siempre estaba conseguido, no siempre se evitaba el melodrama. Pero algo del abismo estaba ahí. Y algo se le iba pegando a Stabler y sus problemas de ira, y a Benson, y su pasado doloroso.
Pero la franquicia de Ley y Orden no tiene buenos gestores. Algo huele mal cuando se caen actores y se dan explicaciones vagas en el siguiente episodio. Pasaba con el inspector Logan en Acción Criminal, al que se le sustituye sin más que una frase que expone que se ha marchado. Y en las dos últimas temporadas de Víctimas Especiales es ya de risa: las fiscales van y vienen, sin explicación aparente. Todo, desde que se marchó Casey Novak, la que sí unificaba y tenía trama y entidad. La entrada y salidas de actores transmiten, o bien recortes de presupuesto (la pareja de actores protagonistas plantearon, como es habitual, participar en los beneficios, y se les negó, poniendo en peligro su renovación), o bien simple avaricia y miopía de los productores. Pese a lo longevo de la serie, Víctimas Especiales ha tenido, en general, un público fiel.

Tampoco dice mucho de sus creadores (o de sus supervisores actuales) que pasen y pasen las temporadas con tanta indecisión. En la sexta, séptima, y, en parte, en la octava temporada se dedicaba algo de tiempo a ese arco general, esas tramas personales, que, al cabo, importan o atraen más. Como en House, a partir de cierto momento, por muchas vueltas que se le dé a un caso -aunque un buen guionista siempre puede otorgarle un giro válido, como en Duda (Doubt; episodio 8, sexta temporada)- el procedural, al cabo, pierde fuelle. 

Sin embargo, esto no se sostenía de forma continuada: unas veces crecía el elemento personal, y otras, desaparecía casi por completo. Hay dos capítulos con Olivia inundada por flashbacks sobre algo vivido en la cárcel, para luego, desvanecerse este conflicto sin más, en los próximos episodios. Nos quedamos sin saber cuándo y dónde le sucedió aquello. En cuanto a la idea -lógica, interesante, con posibilidades- de Benson pensándose tener un hijo aparece y se esfuma, de nuevo, mandando a la porra la continuidad.
A una serie también puede herirla el éxito. Empezaron las nominaciones, los premios, y el aura de “televisión de calidad”. De pronto, muchos actores conocidos (que no famosos) eran invitados (o tal vez sugerían y buscaban un papel). Esto era y es contraproducente, en muchos casos. En el momento en que vemos una cara que reconocemos, sabemos que probablemente sea el culpable. En otros casos, escribirle tantas escenas pueden causar que los protagonistas dancen alrededor, con apariencia de no saber muy bien cómo actuar. Basta que observen las caras que ponen Stabler y Benson ante las confesiones de Carol Burnnet, en Bailarina (Ballerina; episodio 12, temporada 10). Ni saben qué gesto ofrecer. Parecen decir, “ah, qué historia tan interesante, pero… esto… ¿la serie no iba de nosotros?”.
Por otra parte, depende, claro, de si uno sabe dónde encajar el casting. Bagaje (Bagagge, episodio 18, décima temporada) nos regalaba a Delroy Lindo casi almorzándose a todo el resto del elenco, como detective obsesionado. Aún así, su trama iluminaba un tanto el momento particular de la evolución de Stabler. Así, sí. Se equilibraba trama principal, secundaria, y ese arco general de la serie y el personaje. Otro ejemplo donde los guest stars funcionaban: el capítulo Swing (episodio 3, décima temporada) tenía a Ellen Burstyn como madre inestable de Stabler. Era una gozada ver a esta actriz; nos abría la puerta a un mayor conocimiento de un protagonista, y sus acciones influían en la trama principal. Ahora bien, regresa el problema originado por esa, también, inestable dedicación a los backgrounds de los protagonistas. ¿Hemos tenido que esperar 10 años para conocer a la madre de Stabler?
Ahora, Víctimas Especiales va sin rumbo. Apenas hay episodios interesantes. Aún en la décima, al menos, se daban esos momentos de tensión y ritmo como los de aquel gran episodio Emergencias (Dial 911; episodio 3; temporada séptima), en historias como las de Avatar (ídem; episodio 2) o Impulsivo (Impulsive; episodio 3). Pero el que cerraba la temporada era intolerable. Un secundario se volvía psicópata, de buenas a primeras. La falta de coherencia es ya obvia en la temporada 11. El colmo era la dirección súbita e incoherente de la fiscal mostrándose como alcohólica. Sacado de la manga. Y ahora han metido a Sharon Stone. Esto no pinta nada bien. 

Episodio “911”: uno de los mejores.