COMO UNA HISTORIA DE TERROR. JON BILBAO


“A esta ardilla la siguió otra, que efectuó el mismo recorrido. Y luego otra, y otra, y otras más. Al cabo de unos instantes había más de una docena disputándose el alimento del comedero, y nuevos roedores continuaban emergiendo de entre los árboles y tomando el jardín. Escalaron las sillas y la mesa y se aventuraron en la caseta de Bambú, donde descubrieron unos granos de pienso canino en su cuenco y se abalanzaron por ellos. Docenas de ardillas y luego cientos. […] Las ardillas se quedaron inmóviles y miraron hacia un punto del bosque, de donde ahora provenía un susurro como de algo que se arrastrara sobre hojas muertas. La maleza que taponaba el paso entre los árboles había comenzado a agitarse. Asomó entonces al borde del jardín un cuerpo renqueante que avanzaba a cuatro patas, del tamaño de un gato grande, y del que sólo podían apreciarse con claridad un fuero par de ojos rojos y una cola larga y desmochada. Y entonces la mujer sí que se despertó.”

Como una historia de terror. Jon Bilbao. Como una historia de terror. Salto de Página. 2008
No hacen falta casas góticas, ni asesinos en serie para el terror. Jon Bilbao hace un ejercicio interesante: alía las casualidades y las neurosis personales. Una posible fórmula. De cómo las personas reflexivas (u obsesivas, que aquí creo que Bilbao no juzga) ven señales en todas partes; y crean paranoicas ficciones donde ellos mismos se buscan la perdición. En este relato (casi una novela corta) se reúne todo esto, y, mediante una maniobra nada burda, hasta se reflexiona sobre ello “en voz alta”. 
Es todo un tema (o un subtema; no es lo único que aborda Bilbao, sobre todo, leyendo reseñas por Internet, aunque es lo que a mí me ha interesado más), esos seres que “les dan vueltas a las cosas”, que buscan un significado (pero siempre amenazador) en que un hombre se parezca a él y hayan confundido sus pisos (La Fortaleza), o en unos sueños recurrentes y un bosque impenetrable (Como una historia de terror) los ampliará el autor en Bajo el influjo del cometa. Resulta efectivo (ah, el conflicto) colocarlos al lado de personajes que ni temen ni “piensan” tanto (el hombre de Como una historia de terror, a diferencia de su compañera, sólo tuvo una vez un sueño, negro y que no le obsesiona en absoluto). 
Como decía, no es lo único que atrae al autor, pero, por lo que leo en su siguiente libro, Bajo el influjo del cometa, es algo en lo que seguirá profundizando: Ha desaparecido un niño me ha recordado (no en el tono, no en el pesimismo, sin embargo) al Martin Amis de Night Train. La otra cara de la moneda de esas neurosis que buscan signos de toda clase en lo banal es justamente la nada: la falta de sentido.  Precisamente esa banalidad que, por otra parte, puebla estos relatos. 
Tal vez así pretenda Bilbao inundarnos de esa cotidianeidad contra la que esos personajes “especiales” tienen que levantar “ficciones de terror”. Sin embargo, a ratos es demasiado. Ahoga esos detalles, acertados, brillantes a veces, que nos muestran historias o atisbos de historias paralelas.
“Cuando empezaron a mecerse, los acompañaron los chapoteos del vino acumulado en sus estómagos. Él pensó en la chica, tal como la había visto en la galería de la Mina. No le importó en quién pensaba su mujer, en MH o en quien fuera” 
(pág. 59). La Fortaleza
Así, se nos deja ver que la mujer tal vez tenga o haya tenido una relación con ese MH, un secundario, que, por cierto, ni siquiera hace falta que veamos.
Pero, como decía, en su contra, a veces el relato se desborda y se llena de situaciones y diálogos innecesarios. ¿Otros matices que le haría y por lo que discrepo de las alabanzas generales a este libro (con el máximo de los respetos, como siempre)?
– Una manía: el uso de los demostrativos como pronombres, en frases donde no son necesarios. “Sin que tampoco nadie supiera de dónde éstos surgían” o “…”mediante una interminable serie de aproximaciones sucesivas, llegaron al comedero de pájaros. Consistía éste en una bandeja de madera…”. No se explican por un supuesto lenguaje de un personaje o narrador, porque se repiten  en distintos relatos (también en su siguiente libro), y así, rompen la verosimilitud. Si todos los narradores, sea o no personajes, usan esto mismo, se rompe el pacto con el lector: “notamos” al autor. ¿Es lo que busca Bilbao?
Esto se ha acrecentado en Bajo el influjo del cometa. Ignoro si quizá la labor de edición ha tenido problemas, porque, de hecho, encuentro algunos fallos (palabras que faltan; por ejemplo, “… un hueso sintético destinado [a] fortalecer… (página 83)  o “Ella le recordó la escena en que el muñeco de madera y Gepetto son engullidos por un cetáceo llamado Monstro, (página 61) ¡Tal vez el ejemplar que tengo es uno de los primeros, y está algo defectuoso!
– Una obsesión por la descripción, que no se inserta siempre bien en la narración. A ratos, parece que el relato fuera a ser leído por alguien de producción de una película, que requiriera todos los detalles para su desglose. Basta ver el comienzo precisamente de este relato, Como una historia de terror.
– Una renuncia a la elipsis. En los diálogos, pero también en las acciones, no siempre fundamentales para que avance la acción. Si es intencionado, de acuerdo. Pero entonces, me temo que no encuentro ese “pulso narrativo” del que habla la contraportada. Más bien, al contrario, y según lo que estipula esta crítica, el camino de Bilbao va hacia un relato menos clásico, y más “abierto”.
“Contados cuentistas españoles se permiten el lujo de dejarse ir. Porque derivar, sucumbir a la imprevisibilidad de la escritura, a ese “no sé muy bien qué quiero decir”, es una forma de abordaje del cuento que se estigmatiza con gratuita facilidad. El cuentista clásico, como el fan salvajemente fiel que no acepta travesuras en su obra –o género- de referencia, reclama un sentido, un saber valorizado, y pilla una rabieta en cuanto te descuidas.”
Bien: la reseña tiene razón. No podemos leer siempre con alma de guionista, prestos a tachar aquello que no sea fundamental. Sin embargo, se habrá de admitir que la digresión casa mal con el relato, o (ya fuera de ser “obtusos” con “las normas”) que la acumulación produce efectos en el lector. Justo las mismas, ahora que pienso, que señalan muchos cuentistas cuando atacan la novela. 
Si tenemos que buscar entre tanto dato, el lector puede pasar y pasar páginas, costumbre habitual en tantas novelas donde uno detecta pronto lo accesorio. Pero, en los relatos de Bilbao, no sabes del todo cuándo habrá algo de eso (todo puede ser un símbolo o una pista de lo que está por venir,) y leyendo rápido, tal vez nos perdamos lo relevante. Un modo y un estilo respetable, sin duda. Mientras se acepten sus desventajas. Puede que no se trate de gritar “anatema” y golpear a diestro y siniestro con un libro de Carver en pos de la síntesis; aunque quizá un punto medio sea apetecible.
Sobre todo, porque si no, todos los relatos parecen contados por el mismo narrador, sea externo o personaje. No todo el mundo, no todos los narradores, pueden ser una cámara presta al plano detalle. O no, si se quiere mantener la verosimilitud.
– A veces se bordea lo reiterativo. Se insiste en el precio barato de la casa de Como una historia de terror hasta dos veces en dos páginas seguidas (páginas 180 y 181). Se expresa en palabras, a modo de resumen, (página 82) lo que ya hemos visto sobre la presencia molesta del brasileño de Después de nosotros, el diluvio. Se dice que al dueño del coche del relato La Fortaleza le importa poco que le hayan robado éste en la página 57 y se repite en la 58. Otras veces, el peligro es lo obvio, como cuando se ha de exponer por qué se separan las dos parejas al final de Después de nosotros, el diluvio. 

Los diálogos parecen decantarse por el naturalismo (casi estamos en un guión, por momentos, en ciertos relatos), pero en ocasiones se hacen largos. En el caso de Bajo el influjo del cometa, a esto se ha sumado la inverosimilitud cuando incluye giros o palabras: “Aprecio tu gran sinceridad” (página 162) “No me recuerdes lo obvio” (página 74)

– Los narradores/personajes a veces, como dice la reseña de Masacre en los jardines que aludíamos antes, “se merecen un puñetazo en la boca”. A mí me ha pasado con el de Después de nosotros, el diluvio, incluso aceptando que, por su cultura, se sabe que es un tipo “formado”.  
Sigo creyendo que es complicado el equilibro del lenguaje cuando se escoge la primera persona. Si se es demasiado fiel al naturalismo, se cae en lo vulgar; si se fuerza el lirismo o las reflexiones (“¿Era una somatización de nuestro disgusto o la ballena había empezado a oler peor?”, página 67, Bajo el Influjo del Cometa), puede hacernos perder la paciencia.
Son mis impresiones. En todo caso, creo que el autor es capaz de generar imágenes potentes, e historias que perduran. Para los que nos interesa el fantástico o el terror, además aporta modos distintos de provocar extrañeza o atmósferas misteriosas sin necesidad de alejarnos del día a día. Para posibles escritores, de relatos, de guiones, de cualquier ficción, destaco de nuevo la creación de personajes no precisamente reconocibles (que de esos está la literatura española bien servida) sino oscuros, crueles, normales, anormales,… Humanos, vaya.
Por otra parte, los que tienen la última palabra son ustedes. Lean y opinen. A ser posible, educadamente, que ya saben que no me gusta, ni busco, la polémica. 
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