LEY Y ORDEN: VÍCTIMAS ESPECIALES. Últimas temporadas


No puedo negarlo. Estoy decepcionado. Las últimas temporadas de Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales apenas tienen posible defensa.
Hay series que a uno le resultan simpáticas, y no sabe bien por qué. Puede ser porque las descubres sin que nadie te haya hablado de ella o te la haya recomendado. Tal vez, porque, en ese momento en que empezaste a verla, tu ánimo te predisponía a cierta empatía. A mí me pasó con Ley y Orden: Unidad de Víctimas especiales.

Es uno de los spin-offs que nacieron a partir de Ley y Orden, una serie que acaba de cancelarse, pero tras, atención, 18 temporadas. Yo llegué antes a estos spin-offs (también la que se llama Acción Criminal) que a la cabecera de la franquicia. Una vez que ví algunas temporadas, pude dar cuenta de que había más divergencias que coincidencias. Sobre todo, a partir de que cambiaban los executive producers y los jefes de guiones.
El esquema original es la de un procedural sumado al género de juicios. Se comete un crimen, la policía trata de resolverlo, atrapa al autor, y entra en liza la fiscalía, que trata de que pague. Otro elemento distintivo es que se rueda de verdad en el escenario que refleja: Nueva York. En el caso de la serie “base”, lo más interesante solían ser las argucias, legales y políticas, de los abogados defensores, que, a su vez, causaban una respuesta igual de complicada o retorcida en los miembros de la fiscalía. El “giro” que supuestamente definía Ley y Orden no era tanto esa mezcla de géneros, como una pretensión: las tramas “pegadas a la realidad”. A partir de noticias de casos raros, relevantes o polémicos, se inventaban episodios.
Esto producía un problema importante. Ley y Orden pecaba de pedagogía. Con un ideario político más demócrata que republicano, se hablaba de los “grandes temas” –aborto, homosexualidad, armas, inmigración, etc- aunque con situaciones concretas, algo extremas y conflictivas. Algo de ello se transmitió a Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales. Y eran los peores capítulos. Sonaba falso eso de que varios de los inspectores se pusieran a debatir con la fiscal o entre ellos, sobre si la defensa que articulaba el abogado correspondientes era justa o no. No colaba lo de “y usted opine lo que quiera”. Como en Ley y Orden, además de pedagogía, había, al cabo, un punto de vista ideológico bastante claro. Por algo, el que era ayudante del fiscal (Sam Waterston) era un demócrata combativo.

En Víctimas Especiales, lo interesante era más bien ir conociendo a los inspectores. En particular, los que han adquirido, con los años, el papel protagonista: Elliot Stabler y Olivia Benson. A través de sus ojos, uno podía compartir el horror, la angustia, la compasión. Porque, seamos claros, esta serie suele ser una patada en el estómago. No siempre estaba conseguido, no siempre se evitaba el melodrama. Pero algo del abismo estaba ahí. Y algo se le iba pegando a Stabler y sus problemas de ira, y a Benson, y su pasado doloroso.
Pero la franquicia de Ley y Orden no tiene buenos gestores. Algo huele mal cuando se caen actores y se dan explicaciones vagas en el siguiente episodio. Pasaba con el inspector Logan en Acción Criminal, al que se le sustituye sin más que una frase que expone que se ha marchado. Y en las dos últimas temporadas de Víctimas Especiales es ya de risa: las fiscales van y vienen, sin explicación aparente. Todo, desde que se marchó Casey Novak, la que sí unificaba y tenía trama y entidad. La entrada y salidas de actores transmiten, o bien recortes de presupuesto (la pareja de actores protagonistas plantearon, como es habitual, participar en los beneficios, y se les negó, poniendo en peligro su renovación), o bien simple avaricia y miopía de los productores. Pese a lo longevo de la serie, Víctimas Especiales ha tenido, en general, un público fiel.

Tampoco dice mucho de sus creadores (o de sus supervisores actuales) que pasen y pasen las temporadas con tanta indecisión. En la sexta, séptima, y, en parte, en la octava temporada se dedicaba algo de tiempo a ese arco general, esas tramas personales, que, al cabo, importan o atraen más. Como en House, a partir de cierto momento, por muchas vueltas que se le dé a un caso -aunque un buen guionista siempre puede otorgarle un giro válido, como en Duda (Doubt; episodio 8, sexta temporada)- el procedural, al cabo, pierde fuelle. 

Sin embargo, esto no se sostenía de forma continuada: unas veces crecía el elemento personal, y otras, desaparecía casi por completo. Hay dos capítulos con Olivia inundada por flashbacks sobre algo vivido en la cárcel, para luego, desvanecerse este conflicto sin más, en los próximos episodios. Nos quedamos sin saber cuándo y dónde le sucedió aquello. En cuanto a la idea -lógica, interesante, con posibilidades- de Benson pensándose tener un hijo aparece y se esfuma, de nuevo, mandando a la porra la continuidad.
A una serie también puede herirla el éxito. Empezaron las nominaciones, los premios, y el aura de “televisión de calidad”. De pronto, muchos actores conocidos (que no famosos) eran invitados (o tal vez sugerían y buscaban un papel). Esto era y es contraproducente, en muchos casos. En el momento en que vemos una cara que reconocemos, sabemos que probablemente sea el culpable. En otros casos, escribirle tantas escenas pueden causar que los protagonistas dancen alrededor, con apariencia de no saber muy bien cómo actuar. Basta que observen las caras que ponen Stabler y Benson ante las confesiones de Carol Burnnet, en Bailarina (Ballerina; episodio 12, temporada 10). Ni saben qué gesto ofrecer. Parecen decir, “ah, qué historia tan interesante, pero… esto… ¿la serie no iba de nosotros?”.
Por otra parte, depende, claro, de si uno sabe dónde encajar el casting. Bagaje (Bagagge, episodio 18, décima temporada) nos regalaba a Delroy Lindo casi almorzándose a todo el resto del elenco, como detective obsesionado. Aún así, su trama iluminaba un tanto el momento particular de la evolución de Stabler. Así, sí. Se equilibraba trama principal, secundaria, y ese arco general de la serie y el personaje. Otro ejemplo donde los guest stars funcionaban: el capítulo Swing (episodio 3, décima temporada) tenía a Ellen Burstyn como madre inestable de Stabler. Era una gozada ver a esta actriz; nos abría la puerta a un mayor conocimiento de un protagonista, y sus acciones influían en la trama principal. Ahora bien, regresa el problema originado por esa, también, inestable dedicación a los backgrounds de los protagonistas. ¿Hemos tenido que esperar 10 años para conocer a la madre de Stabler?
Ahora, Víctimas Especiales va sin rumbo. Apenas hay episodios interesantes. Aún en la décima, al menos, se daban esos momentos de tensión y ritmo como los de aquel gran episodio Emergencias (Dial 911; episodio 3; temporada séptima), en historias como las de Avatar (ídem; episodio 2) o Impulsivo (Impulsive; episodio 3). Pero el que cerraba la temporada era intolerable. Un secundario se volvía psicópata, de buenas a primeras. La falta de coherencia es ya obvia en la temporada 11. El colmo era la dirección súbita e incoherente de la fiscal mostrándose como alcohólica. Sacado de la manga. Y ahora han metido a Sharon Stone. Esto no pinta nada bien. 

Episodio “911”: uno de los mejores.
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