EL CUENTO O EL CONTEXTO. Cuentos. E.T.A Hoffman


La colección de cuentos de Hoffmann indica que lo fantástico y lo tenebroso ya lo iban admirando o temiendo esos señores del XIX, los Románticos. No todos están conseguidos, pero todos son un tanto inquietantes, un poco extraños, y llenos de un terror “diferente”.

En cierto momento, por temas profesionales, me tocó la revisión de una biografía: Frasquita Larrea, una gaditana, reaccionaria y, a la vez, traductora de una anticipada feminista. El guión era para un documental, que requería otros subtemas, y, por tiempo y espacio, no resultaba el lugar para una reflexión sobre ese movimiento estético o artístico.

Entonces, coincidió que compré una colección de relatos de E.T.A Hoffmann. El fantástico, que me atrae, y más si encuentro que ya era algo considerado lo menos hace dos siglos. Me dejó impresionado, extrañado, y haciéndome preguntas. Supongo que eso ya merece la pena.
El Romanticismo trajo la preocupación por las emociones menos explicables o mesurables, y, con el giro de Hoffmann, o los anhelos relacionados con la muerte, se creaban los miedos del momento.
La pregunta que me hago es: ¿la Ilustración nunca tuvo miedos propios? Así no me extraña que idealicemos aquel momento de Europa. Demonios, si pudiéramos ser todos como Humboldt. A la vez, mi impresión es que la literatura no dio precisamente grandes zancadas con los escritores ilustrados, y sí con los románticos.
En cuanto a si aquí encontramos confirmación de que el relato, como género, tiene de veras un esquema claro, pues… Sí y no. Más bien concluye uno que lo de las normas es un invento reciente. Vamos, que no sé yo si pondrán algún texto de este autor en los talleres correspondientes. Bueno, a lo mejor importa muy poco.
Hay preocupación por el giro final, y retardo intencionado de la información en Bárbara Roloffin; hay una pauta similar a la estructura de las cajas chinas, pero también ciertos sembrados en El huésped siniestro; hay un uso de los espacios a niveles metafóricos (no en el terreno medioambiental sólo, como sería propio de esta estética) en Datura Fastuosa, El Bello Estramonio.
Pero lo que cuenta son esas historias alucinadas, extrañas, y hasta difíciles de asimilar.
¿En contra? Que hay que sobrepasar los tópicos, eso que viene con la época. Como toda la lectura de palabras escritas hace tiempo, a ratos tiene uno que luchar contra el reconocimiento de justo eso que definía el contexto literario de la época. También uno encontrará algo de inverosimilitud en ciertos momentos:
“Pero si alguien le daba la mano, de un salto se alzaba como a dos metros del suelo, yendo a parar algunas veces doce pasos más allá de su lugar de partida. Esto admiraba no poco a la gente, pero el extranjero se disculpaba diciendo que en otro tiempo, cuando no era cojo, había sido maestro de danza del rey de Hungría”
Esto ocurre a veces con las reacciones de los personajes: lloran, gritan… Un poco exaltado, todo. 

Si nos ponemos estupendos, tal vez el relato más redondo es Bárbara Roloffin. Al menos, en cuestión de crear expectativas, o de “engañarlas”. ¿Quién es ese demonio que llega a Berlín y produce el nacimiento de un ser monstruoso?
De acuerdo, ya no es original el simbolismo de que el protagonista sufra un defecto físico; pero, al cabo, funciona como sembrado de la conclusión. Tampoco se expresan dobleces en el sentido religioso de la presencia demoníaca. En contraposición, el mismo título sirve para despiste del lector, y uno no prevee tan fácilmente el desenlace.
Esa técnica del título bien elegido, para participar en el sentido del relato, es difícil de encontrar (al menos, en los que yo leo; hace mucho lo hallé en Las memorias de Madame Quiñonez, un relato de Fernando Iwasaki, en la colección Helarte de Amar, Cuentos de Ciencia-Fricción; ahí, sin el título, el cuento no posee sentido final).

El caso es que, cuando Hoffmann quizá sea más Hoffmann, la cosa se complica.
El huésped siniestro (Der unheimliche Gast) es un relato largo, y complicado, donde uno no sabe bien qué es lo esencial. Casi tienen más atractivo las disquisiciones de la reunión de amigos (algo común en el autor, me pregunto si en todos los románticos; pienso en Shelley y aquella reunión a la orilla del Lago Léman). Ahí, y no tanto en lo narrativo, se ofrecen datos claros sobre esa fascinación, morbosa, al cabo, por el mundo de los sueños, sobre todo de las pesadillas.
“… nadie permanece en aquella agradable y pavorosa ensoñación que se produce al primer contacto. A continuación le sobrecogen miedos mortales, un terror que pone los pelos de punta, pues, al parecer, aquella primera sensación agradable es el atractivo de que se vale el siniestro mundo fantasmagórico”.
Parece que hablara del efecto del género de terror. Más adelante, lo confirma aún más, cuando habla de la satisfacción que produce “el despertar”. Al igual que cuando asistimos a una película de miedo, lo que nos gusta es la seguridad de que cuando termine, saldremos al mundo calmo y sin monstruos.
Luego, la misma historia hablará de los sueños como señales de advertencia sobre ese “rapto” psicológico al que someten a la protagonista. Creo recordar que Freud analizó más de un relato de Hoffmann.
Una pista de que estos relatos no son sencillos es este mismo de El huésped siniestro. En estos relatos (y en Cuentos 1, que ya veremos otro día) es común encontrar un presente donde unos personajes hablen, luego se refieran a alguna anécdota (o sea, historias dentro de historias). Tan sólo el paso de la voz de un personaje a otro, y los saltos temporales ya señala una narrativa compleja.
Dos problemas. Me resulta cargante esa polarización entre el bien y el mal, donde el amor, al final, lo puede todo. Y molesta un tanto ese discurso nacionalista (¿alemán, centroeuropeo?) donde las otras latitudes poseen un rasgo de “sospechoso” o “taimado” o “pecaminoso” (los dos españoles que aparecen en Datura Fastuosa, El Bello Estramonio).
Me recuerda a esa obsesión que mostraba Henry James. Esa percepción suya de que el pasado europeo era tan inabarcable (para un americano) que debía acompañarle una inteligencia o saber, si no malvado, sí perverso respecto a la sencillez del nuevo país.
Eso sí, cuando Hoffmann se dedica menos a la caracterización de personajes (será que había que esperar unas décadas, para esta opción de la narrativa) y más la traslación de esos temores profundos, la historia gana enteros.
La misma aparición repentina del malvado de turno vale de ejemplo.
“Y en el momento en que Moritz, el narrador, decía estas palabras, se abrió la puerta de la sala donde estaban con un estrépito terrible”.
Es efectiva porque hace de paso entre el pasado y el presente (o esa facción del mismo desde donde, a partir de ahora, se centrará la acción). También es, siendo ecuánimes, ingenua. Un poco demasiada casualidad, que coincida que una historia que cuentan los amigos, y con un punto clave (que queda suspendido “en alto”), luego, se conecte y explicque dicho carácter de personaje maléfico.
Sin embargo, no deja de ser otro sembrado, eso sí, a niveles subconscientes. Incluso pudiera verse como origen de una dosis de suspense: ¿será este ser tan peligroso como aparenta, por esa coincidencia en su aparición durante el relato, temible, del grupo de amigos?
Era, en aquella época, el tema del hipnotismo, entre otros, motivo de interés, como ahora lo son las psicofonías y diversas opciones paranormales. La pregunta es si ésta era la mejor forma de plasmar en negro sobre blanco ese miedo íntimo a quedar bajo control ajeno.
Digo yo que puede que, para vivirlos como propios, se requiere una mayor identificación con los personajes que sufren esta situación. Se me ocurre, a salto de memoria, que Lovercraft tenía sus personales (y racistas) obsesiones, y, sin embargo, el uso de la primera persona, y sus propios miedos, transmitían mucho mejor esa sensación de lo ominoso.
¿Será que a Hoffmann esos temores le interesan de modo más intelectual, y por eso lo plantea sobre seres ajenos (también, por su retrato, al lector)?
En cambio, Afortunado en el juego (Spielerglück) cuenta de modo más eficiente la historia de un jugador, ocasional, primero, empedernido después. Y ello, a pesar de su usual forma: un personaje del pasado viene a explicarle a un personaje del presente (mediante otra historia) su error, y así, su moraleja. Con todo se soporta bien este esquema típico (que, por otro lado, es probable que en el momento de escribirse no fuera tan típico).
Para un análisis interesante sobre esta misma colección, aquí.
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2 comentarios

  1. Es curioso pero parece gustarte más el análisis literario que el cinematográfico. El problema es que como son libros que no he leído es complicado que tengamos un auténtico debate. Un abrazo.

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  2. Bueno, el objetivo es que estas entradas produzcan curiosidad, y ganas de leer los libros. Pero tranquilo, que seguiré con el análisis de películas.

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