LA SEÑORA DE LOS LABERINTOS (LADY OF MAZES, KARL SHROEDER, 2005) Valores y problemas de la hard science fiction


La Señora de los Laberintos es una novela de hard sci fi; lo que, en este caso, significa que uno tiene que disponerse a asimilar muchos conceptos tecnológicos y hasta físicos para que esas ramas le dejen ver el bosque. Y aquí, el bosque es un universo extraño, original, complicado (que no sé si es lo mismo que complejo), donde, eso sí, casi se ahogan los personajes, y un conflicto personal un tanto unidimensional de la protagonista.

Vamos a ver si soy yo capaz de realizarle un resumen de la trama (por si acaso, mejor contrastáis con la que incluye el propio autor en su web, aquí; o, si queréis algo en español, mirad aquí). Livia Kodaly vive en algo denominado “colector”; ella y los ciudadanos con quienes convive tienen una tecnología para que habiten una especie de mundo semivirtual.
“Dormía desnuda, y si el día acababa siendo tan caluroso como amenazaba, podría prescindir perfectamente de la ropa. Por defecto, cualquier persona con la que se cruzara la vería vestida”.
Es decir, sus cuerpos están ahí, sobre un terreno real. Pero pueden variar el aspecto que quieren darle, superponer decorados o ropas, y contar con “animaciones”: hologramas de uno mismo. También algo denominado “Sociedad”, figuras (agentes) al modo de avatares, que pueden incluso interactuar en lugar de uno: mandarle a que participe en reuniones, y hasta discusiones (con cierta libertad e independencia en lo que deciden).

Vaya. No es mal comienzo, ¿verdad? Extraño, sí. Y un cierto giro a lo que conocemos (esto no es Matrix; es diferente).

Pues agárrense los machos. La Señora de los Laberintos no sólo trata de realidades virtuales, sino de humanos que viven en colonias estelares (este “colector” está, a su vez, dentro de una colonia, cerca de Júpiter), y maquinarias capaces de entidades “poshumanas” (inteligencias artificiales con representaciones humanas).
Y ahora, súmenle reflexiones sociológicas o filosóficas. Quizás, por aquí, ya voy viéndole una pista de por dónde hace aguas: ¿quién mucho abarca, poco aprieta?

Livia se enfrentará a una crisis, cuando los límites de su colector se vean en peligro. Porque resulta que hay muchos colectores, todos conviviendo casi en el mismo espacio. Sólo que la tecnología impide que las personas visiten el resto; excepto en el caso del de Livia, que sí manda, de cuando en cuando, “diplomáticos” a los otros colectores. Cada colector tiene una Historia, una Religión, un modo de sociedad, etc. Si uno cruzara al otro, su psique quedaría afectada. Como si ahora a tí o a mí nos llevaran a un mundo donde, qué sé yo, no existiera su misma moral o siquiera las mismas reglas físicas. A priori, nuestro cerebro quedaría cortocircuitado.

Pero Livia (y un amigo suyo, Aaron Varese) tiene una cierta ventaja con respecto al resto. Ella sufrió un accidente donde perdió a sus padres, y supo (o eso creen todos, y aquí hay ya un elemento dramático interesante) sobrevivir a cruzar por esos otros “mundos”.
A ella acuden muchos cuando esas fronteras se fracturan. Y más, cuando una entidad extraña se introduce (mediante esas animaciones, haciéndose pasar por parte de un humano verdadero). Estos “agentes” comienzan a usar las creencias y objetivos comunes de cada colector para que le hagan los “deberes”: y los “deberes”, en este caso, pasan por la destrucción de todos los colectores.
Livia, Aaron y Qiingi, un foráneo de otro colector (Raven, donde se cree en algo similar al animismo, y los dioses son parte de la naturaleza) huyen, y salen incluso del colector en busca de respuestas, y soluciones. ¿Quién les está haciendo esto? ¿Puede alguien ahí fuera ayudarles a detenerlo?
Si esto fuera una sinopsis, el lector y analista de guiones ya nos estaría diciendo una frase rotunda:
       Esto es muy complicado.
       No, hombre, lo que pasa es que es complejo. Ten en cuenta que es todo un mundo “imaginario” el que hay que recrear y…
       Ya. Pero es que luego aquí se habla de mucho más que esos colectores
No le faltaría razón. Schroeder no se conforma con presentarnos un universo con reglas propias, y desarrollar dentro de él el conflicto. No, enseguida nos vamos “fuera”. Y ahí tenemos que asumir mucho más. Pero aceptamos “pulpo” como animal de compañía. Por qué no. Esto no es un guión. No dependemos de un presupuesto (¡a Dios gracias!) ni tiene que tener una extensión de menos de 100 páginas. Y, bueno, La Señora de los Laberintos siempre podría ser una serie de televisión.
Por cierto, hablando del número 100, por ahí fue por dónde, qué quieren que les diga, yo cerré este libro. No es una lectura para ociosos. Leed aquí cómo otro resumen que hallo por ahí ya anticipa que no es fácil. Me cuesta, pues, coincidir con lo que esta bloguera concluye:

“Este es un libro interesantísimo, que crea sueños y que libera la mente de cualquier preocupación. Un bálsamo para antes de ir a dormir.”

Hombre, relajante su lectura, no es. Más que nada, porque tiene algo de lucha. No puedes leerlo si tienes algo cerca que pueda distraerte. Sin embargo, volvemos a lo de la curiosidad. Al cabo, quise darle otra oportunidad. No siempre encuentra uno una historia con elementos completamente novedosos. Y quise suponer que, antes o después, el autor me daría un respiro.

Apenas sucede, ésa es la verdad. Me acordé de esos signos de interrogación en bolígrafo rojo que mi último profe de taller literario me situaba en los márgenes de mis trabajos. Me he acordado de esta novela mientras leía La práctica del Relato, de Ángel Zapata (ya hablaré de él, en otro momento). Desde luego, aquí no se cumple una de sus máximas: la “legilibilidad”.
¿Entonces es eso? ¿Será que Kart Schroeder no sabe eso tan complicado de la concreción? ¿No hay aquí imágenes a las que agarrarse que te dejen lo principal, esto es, “imaginarte” qué sucede, dónde, cómo?
A lo mejor, tampoco llega a tanto el problema. Tal vez es que para ir introduciendo el fondo (¿el mensaje? ¿la reflexión?), hay más preocupación por que haya acciones visibles (y comprensibles) en los personajes, sin que quede tan claro exactamente qué está sucediendo en ese marco tan, a ratos, confuso.
“Todo el mundo dice que Westerhaven es el lugar más cosmopolita de Teven. Visitamos otros colectores, de acuerdo. Pero ¿cuántos? […] Vemos el mundo únicamente desde nuestra reducida perspectiva. Somos turistas en las realidades de otras personas”.

“`¿Quién está haciendo esto?´. Al fin y al cabo, lo que pasaba era por una razón, siempre se trataba de la razón de alguien en particular”.
Vaya, ya se va aclarando la cosa. Aquí y allá hay rastros. Y una vez se navega un poco por la web del autor (y hasta las críticas positivas), vamos captando lo esencial: Schroeder, como Charles Stross,(o eso me parece a mí, leed y me confirmáis si no os da la misma impresión) consideran que la ciencia ficción deben tener “un mensaje”.  Que debe de hablar de algo; que es una reflexión sobre la realidad. Mal comienzo. Esto implica que el autor puede (¿debe?) plegar todos los elementos a esto. Luego, ¿es bueno este libro sólo porque trata temas interesantes?Otra pregunta que me hago: ¿es necesario un argumento tan “lleno”: peripecias, diversos mundos, diversas tecnologías, incluso diversos enemigos? Eso hace que se planteen, de paso, tal vez demasiados temas, a la vez.
¿La Señora de los Laberintos trata sobre cómo la tecnología define la cultura, sobre la visión limitada que tenemos unas sociedades de otras (como parece en la primera parte del libro)? ¿O trata sobre una lucha un tanto titánica entre los humanos y esa especie de dioses que han creado los colectores para ellos, y cuyas peleas sobre qué les conviene más producen todos los problemas?
Complicado, ¿no? Lo más curioso es que, a ratos, funciona. Sobre todo, si uno asimila el libro como una serie de televisión. Como si cada apartado fuera toda una temporada. Porque ¿imaginan qué le pasaría a cualquiera si entrara, de pronto, en la temporada 3 de Perdidos, o en la cuarta de Battlestar Galáctica? Ahora bien, si estas dos series destacan, según mi opinión, por que se han pensado bien los personajes, y sus evoluciones, Schroeder, en cambio, ahí sorprende.
Da los trazos suficientes para que Livia (en especial) y los secundarios (menos complejos) sea una guía eficiente. Y entre esas complejidades de los lugares y situaciones retratados, nos va dando “una de arena” con un poco de demasiado simplicidad. Me recuerda La Casa de Cristal, de Charles Stross: a mayor complicación del argumento (y con iguales o superiores sugerencias e ideas), más simplicidad en los conflictos y los personajes.

“Una ráfaga de emociones cruzó por la cara de Aaron: ¿vergüenza, quizás? Tristeza, sin duda.”
¿Será que el placer ha de ser intelectual (el fondo político, sociológico, político? ¿Será que lo bueno está en, en algún momento, la capacidad de “maravillar”?
No les aburro por el momento. Seguiremos analizando, y reflexionando. Si entre tanto, habéis decidido leer este libro, mejor que mejor.
¡Que corra el feed-back! Por cierto, una crítica que se asemeja en parte a mis impresiones sobre esta novela, aquí.
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2 comentarios

  1. Pues vaya me han dado ganas de tener este libro a uno o dos colectores de distancia, mínimo. A mí no me parece mal que tenga mensaje pero tal y como lo explicas tiene pinta de que las ideas del libro se pierden por plantearnos tantas preguntas, y que el mensaje debe cambiar a cada 50 páginas seguramente, porque siguiendo el ejemplo de perdidos tú vas diciendo ah, claro esto es por esto y esto, pero no, al final era otra cosa y cuando por fin te lo explican para hacerlo han abierto 525 cuestiones nuevas. No sé, al menos en el título no mienten y dan una pista sobre lo que te vas a encontrar: UN LABERINTO

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  2. Lo interesante es, de paso, plantearse también todas esas preguntas sobre la ficción. Me gusta que se tomen en serio el género, pero no sé si ése es el camino: se lo toman tan en serio, que todo “converge” en una misma dirección. Como que el argumento y los personajes parecen “esclavos” de las ideas que se quieren transmitir…

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