LOS LOCOS QUE QUEREMOS COMPRENDER


Hace alrededor de un mes, recalé in media res de un documental emitido dentro de La Noche Temática. Hablaba de las relaciones entre genio y locura, y partía del análisis de los hechos “locos” de Schumann, Celany John Nash, popular por el film “Una mente maravillosa”. No recuerdo que se estimularan conclusiones rotundas, sino más bien sensaciones y preguntas.Aunque el Romanticismo debiera quedarnos lejos, es obvio que su idea de un creador sometido al tormento para el hallazgo artístico posee una fuerza encomiable. A ras de suelo, el ciudadano aún cree que la genialidad de Van Gogh dependía de su enfermedad mental. Desde ahí, ya hay cancha para la ilusión de que el verdadero autor requiere de un cerebro con sobredosis o escasez.

Por supuesto, esto lo afirman todos los que nunca han sido víctimas de la enfermedad mental. Todos los que nunca han tratado con ellos. Hay varias maneras de enfrentarse a la locura desde la no-locura, y como el encierro ya no funciona al menos en este país (el olvido ya es otra cuestión) siempre tenemos la sublimación. Los “locos” son personas que ven el mundo con otros ojos.

Recuerdo que un psiquiatra tachaba este juicio de soberana estupidez; que eso se dice por que no se sabe cuánto sufre el enfermo mental.

Pero la sublimación requiere metáforas, y las metáforas sobre colectivos, ejemplos personales. La Historia del Arte siempre es generosa para eso.

Aunque en el proceso, se destile mala memoria.

Importan los suicidas, los depresivos, los esquizofrénicos.

Nadie recuerda que Picasso vivió mucho y bastante bien (también incluyendo el aspecto pecuniario). Alfred Hitchcock tendría, o no (la crítica psicoanalizante es un vicio como otro cualquiera) sus neurosis, pero realizó 50 películas, y nunca tuvo serios problemas.

Kafka es otro jalón en sus conclusiones, pero nadie menciona que otros escritores funcionarios sólo llegaron a ser excéntricos o patéticos, como Joyce o Pessoa.

El documental indagaba si fue antes la gallina o el huevo. Me quedo con algunas ideas que se proponían.
Planteamiento A: La locura hace disfuncional ciertas partes del cerebro, pero premia a otras. El resultado es una mayor creatividad, y una opción al recibimiento de la realidad con perspectivas distintas. No es la primera vez que lo escucho. Hay quienes opinan que la depresión, aunque, en origen, se define como una visión distorsionada de la realidad, en cambio facilita juicios más objetivos y realistas sobre la vida.

Planteamiento B: La propia actividad artística o creativa presiona hasta tal grado al cerebro que desemboca sin remedio en enfermedad.

Planteamiento C. La herida mental, emocional, psicológica está ahí, independiente del proceso creativo. El arte viene tan sólo a ser un método de curación, o de intento de la misma; un camino, un proceso que es independiente del resultado.

Como digo, los expertos del documental no daban respuestas estrictas, o el montaje de totales permitía suficientes contrastes. Se contaba que Celan tal vez intentaba el cierre de su paso por los campos de concentración, y que su vuelta circular a ello agravó su estado. Pero también se decía que justo su revisión de la experiencia mediante el verso tal vez le ayudo a sobrevivir todos esos años previos al suicidio.
Se afirmaba que Schumann compuso su mayor número de obras cuando más feliz se sintió, y que Nash fomentó la esquizofrenia por un empeño sin descansos en la abstracción matemática. El debate a veces parece desear con mayor ansia una explicación a la genialidad que a la locura. Entendemos un cuadro patológico de síntomas, pero nos pone nerviosos un hombre que coquetea con lo sublime.

Lo que pasa es que las metáforas, el ejemplo, la toma de unas pocas personas para explicar un fenómeno queda lejos de lo científico.

Kafka, Woolf, Hemingway, Dostoyeski son casos, no una norma.

El problema es que la ciencia tampoco responde ni nos calma. Trabaja desde la estadística, y nos resulta, al cabo, ardua. A cada cantidad de ejemplares humanos que prueban una conclusión, uno podría reponerle seres conocidos, de nuestra cotidianeidad, o aquellos que crearon las obras de arte que disfrutamos, que desmontan el argumento.

“Un pobre hombre, un artista, un buen muchacho, pero un desdichado, como podéis ver…”
El músico Alberto es un relato de Tolstoi donde se nos da ocasión de asistir al juicio de “un artista loco”. El juicio es literal, en cuanto a que Alberto delira con un conglomerado social que observa sus virtudes y defectos.

El autor ruso nos coloca al principio del lado de un testigo, Delessov, de forma que vamos junto al protagonista, y atendemos las actuaciones de Alberto como secundario.

Músico dotado, viaja de fiesta en fiesta, de salón burgués en salón burgués. La descripción de Tolstoi lo presenta así:

“Era un hombre de mediana estatura, la espalda encorvada y los cabellos largos y en desorden […] Pero, a pesar de la extraordinaria magrura de su cuerpo, su cara era blanca y fresca, y un ligero carmin coloreaba sus mejillas entre la barba y las patillas negras. Los cabellos en desorden descubrían una frente hermosa y pura. Los ojos sombríos, cansados, miraban fija y humildemente, y, al mismo tiempo, con gravedad.”
Si resalta tanto su físico rotundo, también atiende esa mezcla entre encandilamiento, compasión y desprecio que ocasiona entre los seres humanos “normales”. Alberto es el artista puro de antes de la posmodernidad. Cuando esto del arte era algo serio:
“De un estado de fastidio, de diversiones enloquecedoras y de sueños del alma, aquellos hombres veíanse transportados a otro mundo que habían olvidado del todo.”
Alberto es el loco incomprensible (o incomprendido, y quizá sea esencial el matiz) al que se le perdonan las extravagancias porque entresaca de su habilidad la posibilidad de la trascendencia.

A Tolstoi le pareció interesante la siguiente opción: ¿cuánto de locura somos capaces de soportar los que la vemos desde lejos?

Delessov, el (primer) protagonista, se apiada del músico, y lo instala durante unos días en su casa. Aquí comienza el planteamiento de cuestiones interesantes; más aún porque estamos del lado del mecenas misericordioso, gracias al punto de vista.

Y porque Tolstoi también nos deja que accedamos a sus pensamientos más definitorios.

“Verdaderamente, no soy del todo malo; no, al contrario, soy muy bueno en comparación con los demás”.
Nos gusta admirar al artista complejo, y creemos que la cercanía a la belleza de su creación nos hará partícipes de la misma. Tolstoi cuenta cómo esto es más complejo de lo que parece.
Alberto es un depresivo que bebe, y tiende al caos que tanto desarma al bien pensante. Por un lado, nos recuerda qué cómodo resulta agrupar “locura” y “arte” siempre que su aglutinante sólo nos deje verle en su faceta segunda.
Por otro, nos señala las contradicciones de la idea romántica. El protagonista desea que Alberto sea un hombre sano, que se organice en pos de su cualidad; que sea, más bien, un trabajador del arte.
El músico responde, con sus actos (o quizá con la interpretación que hace Delessov de los mismos), que el desorden emocional es la única fuente de su maestría.
Si hasta aquí, se suman los interrogantes, Tolstoi aún imprime un giro, que nos acerca a qué opina verdaderamente de todo esto el que hasta ahora era personaje secundario. Alberto se marcha, y vive una noche alucinatoria, que compartiremos con él, y su punto de vista.

Por cierto que su salida produce alivio en Delessov, buen samaritano que Tolstoi se encarga de despedazar con un diálogo escueto, mantenido con su criado, una vez sale a la calle el músico.

¿Hace mucho frío?- preguntó Delessov.
Una helada muy fuerte- respondió Zakhar-. Había olvidado deciros que se tendrá que comprar leña antes de la primavera.
¿Cómo es posible? Tú habías dicho que aún quedaría…
Y ahí que deja que Alberto se vaya donde quiera.

Alberto, por su parte, interviene de oyente de un juicio a su persona, que uno no sabe bien si es sueño, fantasía o reflexión interna (porque el propio personaje lo ignora). En cualquier caso, implica al lector.

Defensa y fiscal aportan sus visiones. El músico es una lacra, al dejar que su “enfermedad” le indisponga para un arte más metódico. O bien es un hombre sacrificado en la terrible fuerza de las musas. Es útil a la sociedad, o es un lastre.

Alberto no responde, sólo escucha esas voces, que son suyas, pero que no acaban de filtrarse en una conclusión firme. La noche acaba en un salvamento en el último minuto por parte de una de sus patrocinadoras sociales.

Pero el final es más bien abierto, sin que sepamos si el músico se ha vuelto ya del todo loco. O si alguna de las propuestas sobre cómo enjuiciarle alcanza respuesta definitiva.

Quizá Alberto no es que requiera la locura para ser un artista, sino que es un artista y es una persona con graves conflictos mentales.

Cuando separemos ambos conceptos, puede que entendamos. Quizá veamos, al fin claro, que acaso nos da miedo que un ser igual que nosotros alcance cimas y simas a las que nosotros no nos atrevemos a mirar.

Corral de locos. 1793-94
Francisco de Goya
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