DIEZ MÁXIMAS PARA UN MAL NARRADOR DE ÉXITO


1. Lea pero no asimile. Lo conveniente es que evite el descalabro de las obras maestras, o aquellas en exceso complejas, no sea que las disfrute y se aficione. Si, pese a todo, un buen samaritano (más adelante recomendamos cómo evitarlos) le regala uno de estos libros, lealo con reparos. En cualquier caso, no medite sobre por qué le gusto o le disgustó, no analice cómo el escritor logra que se enfade, se interese o se emocione; no discurra sobre cómo una posible estructura, o vocabulario, o temática le sacude. No escriba nunca sobre lo que ha leído, ni lo relea. No sueñe con lo que ha leído. No lo subrraye. Esto último, además, es anatema según Javier Marías, que puede que le guste o no, pero es un escritor de  éxito. O sea que úselo como excusa.
2. Lea sin criterio. Elija por su portada, por qué se recomienda entre sus amigos, por qué se publicita en la calle, en la misma tienda de libros, en el periódico. No se obsesione y dirija sus lecturas hacia un tema, un país, la literatura de un país, un autor. No sea obsesivo; sea racional. No permita que su ser le dicte qué le atrae, no sea que descubra lo que es; de ahí a la ruptura de la máxima número diez de esta lista hay un leve paso.
3. Escriba bajo el imperio de la inspiración. No haga esquemas, documentación, correcciones. No escriba nada antes de ponerse al ordenador. No revise sus textos con miras a si su historia ya se ha contado, para darle alguna vuelta que la haga diferente. No reflexione sobre qué demonios está intentando contar. Piense que el lector inteligente le quedará lejos, y no es probable que le alcance en persona para demandarle explicaciones sobre por qué el tema elegido, la evolución de los personajes, la estructura.
4. Escriba como le venga en gana. Ya le corregirá el editor. Despreocúpese de la redacción. Si le vienen arrestos culpables, piense en que es que ahora todo el mundo habla y escribe mal. Los telediarios, la prensa, la publicidad usan los infinitivos como sujetos constantemente, los gerundios, adjetivos inapropiados o tópicos… Así que dígase que usted sólo capta “el momento literario” de la forma de hablar de la calle. O dígase que la literatura es libre, y que no importan las tildes.
5. Hable de su afición en público, con cuidado en la selección de su auditorio. Búsquese un círculo de amigos poco letrados, poco leídos o tan sólo poco dispuestos al esfuerzo intelectual. Dé su opinión con asertividad agresiva sobre libros, películas, series de televisión, música. Hágase notar, y dese importancia, para que, con el tiempo, sea usted “el intelectual” del grupo. Ello le preparará para sus futuros encuentros y encontronazos con el universo literario, y que se vaya creyendo que lo sabe todo sobre todo.
6. No dé sus manuscritos a posibles lectores previos. Nadie le entiende ni le entenderá (oh, la solitaria y dolorosa tarea del escritor) sobre todo si ha seguido el punto anterior. Otra cuestión sería si a sus alrededores existiera un buen lector, con criterio. Es indispensable que evite por todos los medios que lea su texto. Si, Dios no lo quiera, esto sucediera, y esa persona le recomienda o aporta posibles mejoras, niéguese en redondo. No se justifique en argumentos, sino en vaguedades, eso sí, que suenen tajantes: usted sabe por qué lo ha escrito, estructurado y redactado de esa forma. No crea en la sugerencia que hacía Brian Aldiss (hablando de su relación con Stanley Kubrick, para el guión de “A.I”) sobre cómo la negación de sugerencias ajenas al cabo no implica sino inseguridad.
7. Hágase con entrevistas de todos los escritores actuales, mejor si son jóvenes, mejor si son exitosos. Busque en ellas las pautas sobre qué define la literatura, o la novela, o la narración, “La literatura es un viaje”, “La literatura te traslada a otros lugares”, “Los personajes me pedían este final; tenían vida propia”. Apréndaselas de memoria, para que luego tenga usted material suficiente el día en que le entrevisten a usted. Mención aparte son las alusiones a “la actualidad”, en lo que coincidimos con las sugerencias de Andrés Ibañez.
8. Hable en voz alta de lo sagrado y místico de esta profesión y del insulto que significa relacionarla con dinero. Luego, aparte, sin micrófonos, presione a su agente para que le pague más; para que le lleven a conferencias, a congresos. Si quiere un ejemplo de la habilidad escondida por lo pecuniario, investigue a Luis García Montero.
9. No caiga en tentaciones autoanalíticas personales. No lea a místicos pero tampoco a racionalistas: no lea filosofía. No haga psicoanálisis, no emprenda búsquedas personales con auténticos guías espirituales, orientales o no. Si le viene un tanto de angustia, lea algo de autoayuda (Coello), échese las cartas, o acuda a algún psiquiatra irresponsable que le oferte, sin discusión, una porción reglada de inhibidores de serotonina.
10. No busque la Verdad. Tome lo que le interesa de la posposmodernidad, y diga, para sí, para su auditorio de amigos, para los micrófonos en las entrevistas, que vivimos tiempos cínicos, donde nadie sabe o posee la Verdad Absoluta. Luego, sin culpa ni coherencia, opine. Opine sobre impresiones, no sobre datos o experiencias. Opine sin matices. Su verdad vale tanto como la que más. Si quiere mayor éxito, asuma la verdad de algún grupo, siempre que sea aceptado por su tiempo: si es usted fascista impenitente, sólo dependerá de editoriales y amigos poco influyentes. En cambio, si es usted nacionalista, conservador, liberal, socialista o comunista, exprese la serie de lugares comunes que le agencien a su grupo, y le refuercen en él. 

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1 comentario

  1. Hola Fernando.Sé que eres el guionista sobre una serie sobre el Acre. Soy boliviano y estoy haciendo una novela gráfica sobre la Guerra del Acre. ¿Podría hacerte un par de preguntas al respecto?mi e-mail es capitnharlock2000@yahoo.comMuchas graciasAndrés

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